La Socialización como Deber

Tengo dos recuerdos de preescolar que han hecho mucho ruido en mi vida. El primero, quizás lo comenté antes, el estar sentada en una banca mientras mis compañeros jugaban. El otro, ver en mi boletín de calificaciones, en el que calificaban con un semáforo verde lo que hacía bien, amarillo lo que más o menos, rojo lo que mal. Mi boletín esa vez fue prácticamente verde con una mancha roja: socialización.
Creo que en cierta medida me ayudaron a socializar, recuerdo luego alguna conversación sobre el peligro que se cayeran los dientes con una compañera. Recuerdo pasarlo bien rompiendo almendras o en los columpios.
Recuerdo muchos recreos no tan buenos. Recuerdo pararme todo el recreo en la fila de volver a clase, no hacer tareas para que me castigaran sin recreo, dar vueltas por ahí haciendo tiempo. Y hace poco caigo en cuenta, el problema no era no socializar, era que mientras no socializaba en mi mente me estaba recriminado con un repetitivo “debería estar socializando”.
Me doy cuenta porque en casa el “no socializar” no era una carga. Mi mamá a lo sumo me sugería salir a jugar. Y la mayor parte del tiempo podía autoregular si salía a jugar, si me quedaba leyendo o si acompañaba a mi mamá a comprar telas. Podía elegir. Y eso hacía mi socialización, por ejemplo con mis vecinos, más natural. Quizás por eso también la socialización en la universidad no fue un problema. Podía autoregularme. Podía elegir si ir a la biblioteca, o hacer Tai Chi en el campo deportivo o sentarme en el pasto a tomar el sol hablando, o no, con mis compañeros. Podía elegir. Nadie me iba a poner un semáforo en rojo de acuerdo a mi elección.
Y aún está la sombra de la niña que se daba palo por no socializar en los recreos. También quedaron los recreos, esos minutos diarios de “tortura” como protagonistas de mi infancia.
Ese, creo yo,  es uno de los problemas de la educación. Se tiene una imagen de lo que es normal, de lo que es deseable y lo que debe ser.
Desde esa creencia que algunas personalidades son mejores que otras, se sugiere/invita/manipula/obliga a las personas a acomodar su comportamiento a la normalidad. Los introvertidos por lo general “debemos superarnos”. La extroversión es deseable, es símbolo de éxito. Si no eres extrovertido es porque tienes algún problema dice la sociedad. Y la verdad no hay una receta de éxito única, es una creencia, un invento, una arbitrariedad.  Los introvertidos en gran medida somos discriminados, nos encierran en cierto tipo de perfiles. Sé que no tengo el salario y el sueldo que creía merecer al entrar a la empresa en la que trabajo porque la prueba psicotécnica mostró mi introversión. Tenemos que adaptarnos a la estructura social de la mayoría. Siendo no religiosa he tenido que refugiarme del bullicio en iglesias en busca de un lugar donde estar en silencio, donde nadie me busque, donde nadie me hable por un rato. Y aquellos que socializamos menos muchas veces vivimos preocupados, angustiados, inconformes por no cumplir las expectativas de otros. Vivimos buscando cumplir expectativas, complacer a otros esforzándonos por lograr una arbitraria normalidad que no es normal en nosotros. ¿Para qué? ¿Dónde quedamos nosotros? ¿Cuándo nos atendemos? ¿Qué pasaría si en cambio se nos invitara a escuchar nuestra propia necesidad y a atenderla? ¿Qué pasaría si se nos respetara nuestra particularidad y se nos permitiera ser más auténticos?
Creo que como personas y como sociedad seríamos más sanos y posiblemente más exitosos.

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