El fantasma que me acecha…

Quería que este blog fuera más luminoso. Que el permitirme ver y querer lo bonito que hay en mí fuera más permanente. Quizás sea por lo cíclico del ser mujer, quizás sea que me gana el apego por mis temas oscuros. Y hoy lo que hay es eso, densidad, oscuridad, dolor, frustración.
Me persigue el fantasma de la mala madre. Hay días en que me siento la peor mamá del mundo, muchos días. Y la peor, porque aunque conozco lo correcto, lo que los estudios indican que es mejor para mis hijos, termino haciendo todo lo contrario: grito, pego. Siento deseos de lastimar. Y, al contrario de muchos padres, no es para que aprendan, para darle una lección. En esos momentos soy un monstruo, raro, incluso soy lúcida, consciente de lo que hago, convencida que hago lo que necesito.
Y me duele ver la violencia que hay en mi. Hoy quiero verla de frente sin buscarle explicaciones o averiguar su historia, ya no quiero mentalizarla. Ya no quiero buscar culpables.
Esa violencia… ¿Porqué con mi hijo mayor? Por sus particularidades varias, a las que hoy no quiero ponerle nombre, me aterra que si no lo acepto incondicionalmente yo, nadie más va a aceptarlo. Y hay días que ya no soporto sus particularidades, su falta de filtros, sus estallidos de ira por nimiedades, el maltrato a su hermana “porque está aburrido”, o porque no puede preveer el peligro en su juego brusco. Y me molesto conmigo misma por quererlo cambiar, por desear en esos momentos la pastilla mágica, la terapia, la alimentación, lo que sea que lo encaje en el esquema de normalidad. Si, ese esquema con el que tanto me peleo por castrador de autenticidades. Si, debería ser yo la que cambie. Debería… Y entonces cargo con la responsabilidad de su comportamiento, y eso tampoco está bien. Lo sobreprotejo, y eso también es maltrato. Y quiero la receta para crear al niño de mis expectativas.
Me averguenzo del comportamiento de mi hijo y también por no aceptarlo “tal como es”, este fantasma de la mala madre me persigue, no importa la dirección en la que viaje.

4 thoughts on “El fantasma que me acecha…

  1. Hay algo muy importante a tener en cuenta con nuestras emociones (que son las feas): no es fácil alejarse de ellas; actúan desde nuestra reactividad, lo que algunos llaman inconsciente y, por lo tanto, no son fácilmente “controlables”.

    Lo más importante es no autoculparnos por sentir y vivir tales emociones, es el proceso natural de las máscaras: actuar sin reflexionar; y siempre tendremos una máscara que se sitúa en un pedestal del orgullo que nos “dicta normas y nos recrimina”, y nos hace sentir mal por lo que hicimos o por lo que no hemos hecho.

    Cada niño tiene su vivencia propia, y si “necesita” que la mamá lo corrija con gritos o golpes, es porque lo tiene merecido. Y no estoy diciendo que la violencia haga que un niño cambie para mejorar su comportamiento, entonces hay que cascarlo; simple y llanamente su espíritu (y el nuestro) tiene ese componente de violencia, y recibe violencia de la misma manera del ambiente que lo rodea. La violencia es causa-efecto, sirve únicamente para mejorar su experiencia de niño, es lo que yo llamo karma: una lección a aprender.

    Un bebé nace en la familia que merece: si necesita ver y sentir violencia para convertirse en mejor persona, pues nacerá en una familia con padres golpeadores; si está en el camino del amor, seguramente nacerá en un hogar donde el cariño y el trato cordial imperan; pero seguro en esta última familia, de vez en cuando, también recibirá un correazo. Nuestros espíritus, en particular nosotros colombianos, son beligerantes, nos gusta la violencia, vivimos en guerra con nuestros familiares, vecinos y amigos… y esto NO es malo: es, precisamente, lo que tenemos que aprender; vivimos en conflicto porque debemos aprender a ser justos, respetuosos, equitativos, solidarios… Mientras no lo tengamos claro, vamos a sentir esa violencia frecuentemente a nuestro lado; cuando vamos entendiendo, habrá más amor…

    Con esto quiero decir que cada niño obtendrá lo que necesita para aprender a amar; y debemos empezar a entender que CONOCER lo que es el amor por los hijos no es ser CONCIENTES del amor; el conocimiento es apenas el principio del camino, saber que algo es “bueno o malo” es el primer paso para llegar a la conciencia del amor. Cuando ya hemos integrado en nuestro ser toda la violencia, el miedo, las pasiones, la soberbia, el orgullo, es lo que sigue para elevar nuestra conciencia hacia el amor; por lo tanto debemos tener paciencia con nuestras máscaras que afloran instantáneamente, y vivir en un estado de alerta para evitar que la emoción sea más rápida que la reflexión… No es fácil, pero nadie dijo que iba a ser sencillo! 🙂

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