Escasez…

Los principios de mes son muy duros para mí. Y es que me es difícil quererme desde la escasez. Veo llegar los cobros mensuales y empiezo a autoflagelarme.
A los 12 años mi papá me abrió una cuenta de ahorros y me dijo: “te voy a depositar mensualmente porque no quiero que me pidas plata nunca más”. Desde entonces, quizás, tengo introyectado que pedir es malo, especialmente plata. Y no estoy culpando a mi papá, solo quizás adopté esa creencia en esa época. Y, cuando tengo que pedir plata a mi esposo para pagar esto o lo otro de la familia, y peor si es algo para mí, pienso que no valgo nada. Me es difícil confiar, en mí, en el universo. Me es imposible creer que todo es perfecto tal y como es.
Hace dos años cuando me liquidaron me alegré.  Me dije que era la oportunidad que tenía para descubrir que me gustaba y dejar de “someterme al sistema” que representaba mi carrera. Esperaba que en algún momento de estos dos años cayera un rayo y me iluminara dejándome claro cual era el sentido de mi vida, cómo aportar al mundo, y además me permitiera vivir sin pedir. Sigo esperando el rayo, el ángel, el mantra, el libro, la técnica, lo que sea que me ilumine y me diga para qué soy buena. Hurgar en mis luces y sombras no ha sido suficiente. Y sigo teniendo que pedir. Sigo privándome de aquellas cosas que me gustan, o que quisiera explorar para ver si me gustan por lo que cuestan. Me siento más perdida que nunca. Es un círculo vicioso.
Y por eso decido volver a mi carrera, ingresar otra vez al sistema, aunque signifique no tener tiempo para mí y para mis hijos. Y, aún así, volver a mi carrera a los 40, peor aún haciendo las entrevistas sin la intención de “caer bien”, sino mostrándome tal cual soy, no está siendo efectivo.
Y también está ese miedo a traicionarme, y hay días que no quiero hacer repostería, a veces meses…  Y no quiero vender aquello que no quisiera que mis hijos no comieran, y al mismo tiempo, me pongo flexible en lo que comen mis hijos, porque no quiero hacer nada. Soy muy arrogante para hacer “lo que sea” si tengo que “traicionar mis principios” y a veces mis principios me hacen tan inflexible que no me permito explorar los consejos que me dan.
Y vuelve esa tristeza itinerante y no quiero ni apegarme a ella, ni dejarla estar. Y no acepto ayuda, actúo como si no pasara nada. Este personaje arrogante no me permite pedir, ni siquiera aceptar ayuda.

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