¿Y si Dios no existiera?

¿Cómo cambiaría tu vida si hoy te llegaran pruebas irrefutables de que Dios no existe? Particularmente si tu versión de Dios es la del señor Dios padre. Aquel que nos juzgará al morir si somos buenos o malos. Imaginemos que una vez acabe nuestra vida, se acabó, no hay más. No hay juicio, no hay cielo ni infierno ni purgatorio.
Pregunto cómo te cambiaría a ti, sólo a ti, dejando de un lado cómo cambiaría a la sociedad.
Supongamos, juguemos a imaginar.
¿Tú empezarías a robar? ¿Matarías?
¿Serias menos compasivo?

¿Qué empezarías a hacer?
¿Qué dejarías de hacer?

¿En tus dificultades en qué te apoyarías?

Pregunto, porque no logro ver la relación entre la existencia de un “Dios padre todopoderoso” “que de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y a muertos” con un mundo mejor, con una sociedad más pacífica, o con una sociedad más armónica. No lo veo.
Pregunto, porque mucha gente a mi alrededor va juzgando a los no religiosos justificándose en la necesidad de la religión para que el mundo sea moral y con valores. Creen en la necesidad de la religión para distinguir entre el bien y el mal. Y entre los ateos, agnósticos y otras personas no religiosas que conozco no hay ni uno que sea peor ser humano que el resto. No conozco ninguno que robe, o que no valore la vida. Muchos de ellos valoran la vida humana y no humana más que muchas personas religiosas. Y actuan así sin importar si hay un cielo o un infierno, sin esperar que dios los premie con su beneplácito. Actuan así porque se siente bien y no por agradar a dios ni a nadie. ¿En el fondo quien es más amoroso? ¿Quién actúa amorosamente porque sí o quien lo hace buscando méritos para el más allá?
Y entonces ¿para qué el miedo? ¿para que el control? Porque es eso lo que me molesta de las religiones que conozco. El control de sus feligreses a través del miedo. Nos dicen que si las personas no siguen la “ley divina” serán castigados en esta vida o en la siguiente. O el mundo entrará en un anarquismo post apocalíptico como el que se nos pintan en tantos libros y películas.
Particularmente veo que en gran parte el miedo con que nos inculcan las leyes divinas una necesidad de control que invita a la violencia, que nos separa de actitudes amorosas. Nos aleja de permitirnos estar en contacto con nuestras necesidades y posibilidades reales para actuar de manera coherente con ellas.
Luego como personas queremos imitar a ese dios juzgador y controlador. Somos intransigentes con quien piensa distinto. Somos amables con quien piensa similar. Con el mal-trato queremos que las personas crean o hagan lo que nosotros consideramos correcto. Se cree que la fuerza está en el control. Se cree que las personas que tienen a quienes los rodean bajo control son más exitosas. Se cree que si una madre tiene a sus hijos bajo control ellos serán mejores hijos. Bajo esta ilusión de control (¿Quién puede controlarlo todo?) Creemos que la manera de controlar comportamientos indeseables es obligar a quien los cometa a unas consecuencias desagradables. Y premiar los comportamientos deseables.
¿Y porqué? ¿Naturaleza humana? No. Porque hay culturas como las estudiadas por Jean Liedloff y otras que indican que no somos así necesariamente. Porque hay estudios científicos como los de Decy y Ryan que indican que no es así. Que los humanos nos motiva más el placer de hacer las cosas mucho más que “los garrotes y las zanahorias” e incluso los garrotes y las zanahorias perjudican nuestro desempeño en las tareas creativas o no repetitivas.
Estoy convencida que ese dios se creó a imagen y semejanza de una cultura controladora específica y no al contrario.

Muchas religiones nos separan de lo que yo considero nuestra propia divinidad. Nos entorpecen el darnos cuenta que somos parte de esa energía universal que yo elijo llamar Dios.

Creo que el origen de toda guerra es la desconexión de nosotros mismos. Al no reconocerme en mi divinidad y al juzgar mi humanidad como algo malo que se debe erradicar, no puedo reconocer ni la divinidad ni la humanidad de otro y por eso proyecto en el otro lo que no me permito ver en mí. Tristemente la mayoría de las religiones nos alejan de reconocernos en nuestra divinidad y hasta lo consideran pecado.

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