Los monstruos

En estos días me he visto defendiendo monstruos…. Quizás no a los monstruos en sí, sino a el derecho a que las leyes y los juicios tradicionales dejen de obligar a los monstruos a quedarse en el closet.
Alguna vez leí que muchos terrores infantiles eran un mecanismo de defensa de los niños, una manera de sacar afuera aquello difícil o doloroso de procesar que hay en su interior. Decía es más fácil de procesar lo feo que hay afuera que lo feo de adentro.
Creo que como sociedad seguimos siendo niños que proyectan sus miedos, maldades, fealdades afuera. Por eso vemos a “los otros” como “los malos”. Por eso son populares frases como “los buenos somos más”. Por eso vivimos protegiéndonos del mal de afuera. Vivimos deseando que maten o encierren a los malos para que quedemos sólo los buenos. Vivimos quitando los síntomas de nuestras enfermedades en lugar de reconocer las carencias interiores que puedan causarlas, o el mensaje urgente que nuestro cuerpo quiere transmitirnos.
Lo hacemos porque no queremos ver a nuestros monstruos interiores. Queremos ver a los monstruos afuera, ya no como un mecanismo para procesar lo que hay adentro, sino como un mecanismo para evitarlo, creo yo.
Me acusan de asesina de bebés por creer que las mujeres tienen derecho a un aborto seguro. Creo así porque creo que, legal o no, el aborto se comete. Creo que legalizarlo es sacar al monstruo del closet. Es reconocer que en una situación así una mujer necesita más contención que juicios. Que incluso una mujer contenida puede llegar a cambiar sus decisiones al poder procesar la situación con más tranquilidad, porque ya no está la carga adicional de estar cometiendo un delito. Y entonces por apoyar la legalización del aborto me desearon explícitamente la muerte de mis hijos… Sin palabras…
Diálogos similares al anterior tuve sobre mi manera no religiosa de creer en Dios y sobre la legalización de la droga.
Y creo ver con claridad que en el fondo más daño se causa desde el creerse bueno, desde una autoridad moral que tiene detrás, no bondad, ni pureza de corazón, sino una necesidad de control. Ver lo malo en otros para en contraste ser buenos. Juzgar a los monstruos de afuera para evitar los de adentro, y así tener la fantasía de tenerlos bajo control. Y el monstruo sale sí o sí, como salió a quien me deseó tanto mal.
Ayer también tuve diálogos similares sobre un artículo de Laura Gutman. La gente interpretó que Laura al explicar que los abusadores actúan desde sus propias heridas infantiles estaba justificando sus acciones. Yo creo que si llegamos a esas interpretaciones es porque el abuso infantil sigue estando en el closet. Queremos ver al abusador como monstruo. No queremos ver al abusador en potencia que pueda haber en nosotros, no queremos ver al humano detrás del monstruo porque eso nos pone a su mismo nivel. No querernos ver que el abusador pueda estar cerca, aunque habitualmente lo están. No queremos ver a la madre como cómplice del abuso, sin quererlo con frecuencia lo son. No queremos reconocer el abuso, lo queremos escondido, lo queremos lejos. Y por eso juzgamos a quien lo describe, a quien lo nombra, como cómplice. Matamos al mensajero. No, yo tampoco justifico al abusador, ni a un asesino, ni a muchas otras monstruosidades. Y hay personas con tanto dolor dentro que pierden su humanidad y no hay alternativas que separarlos del mundo para que dejen de causar daño. Y creo que reconocer el dolor de sufrieron, que es origen de su maldad, nos ayuda a entendernos como sociedad, y de paso elegir en nosotros alternativas diferentes al odio.
Definir, explicar el lugar desde donde actúan, humanizar a los monstruos no los justifica, no los excusa de sus acciones. Nos da una oportunidad de sacar, con cuidado y responsabilidad,  a nuestros propios monstruos del closet. Nos da permiso de reconocer nuestras carencias, nombrarlas, llorarlas, con suerte antes de que se conviertan en monstruos de odio y destrucción.Y al hacerlo, al reconocer al monstruo en nosotros. Al amar al monstruo en nosotros, al sacarlo del closet con cariño y con amor, al mirarnos compasivamente, podemos escuchar a nuestro monstruo, tiene mucho por decirnos y mucho por enseñarnos.
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