Justicia

Vivimos en un mundo donde la justicia está definida como el mecanismo para que el malo, el que se porta mal, pague por lo que hizo. Y quizás hasta entiendo la necesidad de algo así  cuando no es posible la reparación. ¿Cómo reparar una muerte, un daño físico o psicológico? Hemos aprendido que nuestro consuelo como víctimas está en el sufrimiento del agresor. Dudo que sea la naturaleza humana. Creo que es cultural. Es a lo que estamos acostumbrados; si yo no tengo consuelo, que al menos el otro sufra. No me he sido víctima lo suficiente para desear algo así, no estoy segura que el sufrimiento del otro me brinde consuelo a mí. Lo dudo.

No conozco los sistemas judiciales a fondo ni de cerca. Hablo de ellos desde la imagen del sistema que tengo por noticias y películas. Desde muchas suposiciones. Desde el saber que nuestra sociedad trabaja sobre sistemas de control conductistas muy lejanos de la teoría de la auto-determinación con la que siento afinidad.

La justicia, más allá de lograr en algunos casos la reparación, no logra mucho por hacer de las personas que ingresan al sistema personas más humanas, personas más compasivas. Las cárceles deshumanizan, crean más vicios. Si un “monstruo” sale de ellas es muy probable que salga un “monstruo” peor. Quizás es por eso que algunas personas que estuvieron encarcelados mucho tiempo salgan, creo yo, con otro nivel de consciencia. Mandela, por ejemplo. Creo que esas personas se dieron la oportunidad, o quizás no tuvieron alternativa, de ver de frente a sus monstruos, y al salir tener otra visión del  mundo que les permite hacerlo un lugar mejor.  Lastimosamente, son la excepción y no la regla y son mis teorías, no una realidad comprobada.

Creo muy pocas personas se consideran malas. Creo que la motivación detrás de su accionar está dada por su versión de lo que es justicia, por su insatisfacción con la sociedad y sus reglas, por ignorancia, por un dolor profundo, por dar responsabilidad a los de más arriba sobre sus acciones, por una educación en que la violencia es una respuesta aceptable en la resolución de conflictos, por una necesidad de hacer de hacer lo que sea para lograr un cierto objetivo. Por ese motivo no se consideran merecedoras de castigo. Casi nadie cree portarse mal ni merecer castigo. Creo que la gente se porta como se porta ya sea con la convicción de que es lo correcto, de que no tienen alternativa, o que simplemente siguen órdenes. Cualquiera de nosotros puede ser un monstruo en potencia. Muchos monstruos del holocausto nazi eran “como tú o como yo”. Muchos monstruos no tienen problemas psicológicos o un perfil psicológico distinto a la mayoría.

Y seguimos buscando una justicia segregadora, una justicia que identifique quien es bueno y quien es malo, que premie al bueno y castigue al malo. Esta justicia milenaria que ha demostrado no ser efectiva. Los infractores aprenden en la cárcel a hacer las cosas sin caer ante la justicia en lugar del “darse cuenta de su error” que espera ingenuamente la sociedad. Como suele suceder con los castigos, no se aprende a cambiar el comportamiento sino a no ser atrapado en él. Las cárceles, como entiendo que funcionan hoy, deshumanizan. Son un ambiente en el que se pueden dar condiciones para que lo peor de las personas salga a la luz.

Y sueño con otra justicia.

Creo que las palabras de Rebeca Wild “si se siente bien no se porta mal” no aplican solo para los niños. Creo que las personas que causan daño a la sociedad lo hacen desde sentirse mal, desde un profundo dolor, desde las carencias, de lo esencial para vivir, especialmente desde una carencia de amor.
Creo que quizás pueda haber una cárcel en la que el recluso aprenda a sentirse bien, en que aprenda el amor por sí mismo, en que se sienta útil a la sociedad, en que encuentre un verdadero SENTIDO, en que pueda ver y comprender las profundas carencias que hacen que sus monstruos se expresen con violencia o agresión. Una cárcel así creo que puede lograr un verdadero cambio en la comunidad, en el mundo.
Es que creo que alguien que se ame a sí mismo sincera y profundamente no tiene necesidad de causar daño a otros. Y, si, puede ser necesario algún tipo de aislamiento para que un infractor no siga haciendo daño mientras aprende a quererse.
Creo que incluso que, con una rehabilitación así, un ex convicto saldría a hacer del mundo un lugar mejor.
A mi me parece el mundo sigue empecinado en que todos y cada uno de nosotros nos tratemos mal (y al tiempo habla de autoestima), en que seamos productivos en lugar de felices, en que tratemos de ser quienes no somos, que seamos y tengamos siempre más, en que no nos conformemos con lo que somos, busca que seamos polarizados en luz, amor, alegría, bondad, ocultando el resto. El mundo parece empecinado en que cada vez nos queramos menos. Y ese querernos menos en algunos se refleja en “pequeñas” violencias, en violencias ocultas, en violencias socialmente aceptadas, y en otros se refleja en destrucción y agresión.
Es una linda utopía, un lindo sueño, una justicia así, un mundo así. La dificultad está en cómo aprender a querernos con todo lo que somos. Para mí ha sido un proceso de años, aún estoy en proceso y creo que seguiré siempre. Y no tengo una técnica que asegure resultados en otros, que suele ser lo que la sociedad espera.

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