Estar rota…

Recuerdo un momento alrededor de mis 12 años. No recuerdo qué dificultades tenía en ese momento, recuerdo que mi conclusión era que yo tenía un déficit, era como si todas las personas a mi alrededor tuvieran un sentido adicional a los 5 tradicionales y yo no, como si tuvieran una especie de percepción extra sensorial y yo no. Me sentía rota, dañada, en desventaja frente al mundo. Antes y después siempre me sentí diferente, rara. Por ratos me aislaba, recriminándome muchas veces por hacerlo. Otras lograba hacer parte de, gracias a “la mejor amiga” que tenía en ese momento. Igual siempre fui más o menos rara dependiendo del entorno, en especial aquellos entornos que me exigían superar mi timidez, mi GRAN DEFECTO.
Y así, por casi 40 años viví mi vida esforzándome en cambiar, en superarme, reprochándome el no lograrlo a pesar del enorme esfuerzo que hacía diariamente al menos por ocultarlo.
Y en Gestalt me encuentro con esta frase que cambió mi vida:
“El cambio se produce cuando uno se convierte en lo que es, no cuando trata de convertirse en lo que no es. El cambio no tiene lugar merced al intento coactivo realizado por el individuo  para cambiar o por otra persona para cambiarlo, pero si tiene lugar cuando aquel invierte tiempo y esfuerzo en ser lo que es, en entregarse plenamente a su situación actual. Al rechazar el papel de agentes de cambio, posibilitamos un cambio significativo y metódico.”
Arnold R. Beisser

Hay personas que hoy se sienten rotas. Muchas. Tres que me lo han dicho en este mes muy directamente. Unas con miedo a que los demás vean lo rotas que están, aún haciendo esfuerzos por cambiar, o al menos en disimular. Otra en resignación, creyendo que “ya no hay nada por hacer”. Desde el estoy dañada y no puedo nada que hacer por arreglarme.
Y el problema no es de estas personas. Es de una sociedad que impone ideales de normalidad arbitrarios. Ideales estéticos, académicos, de comportamiento, muchos más.
Me dicen a veces que me tinture el cabello, que mis canas me envejecen. Que use una faja para disimular “los gorditos”. Que me esfuerce por socializar. Que no reaccione tan fuerte a los comentarios “constructivos”. Insinúan que no soy perfecta, que tengo que mejorar. Igual le pasa a las personas bajitas, o con marcas de nacimiento, entre tantas, tantas, creencias arbitrarias sobre la belleza, sobre la perfección, sobre la normalidad. ¿No es problema de la sociedad? ¿Cuál es el problema real, mi aspecto físico, mis particularidades intelectuales y emocionales o los estándares de la sociedad?
Estos estándares sociales desprecian también a personas con capacidades diferentes, con necesidades diferentes. A los autistas nos consideran enfermos, a las personas con una inteligencia diferente a la académica les dicen “retrasados”. Y según esos estándares los autistas, los diferentes deberíamos disimular, tratar de parecer normales Esta normalidad que ya hace tanto se me hace arbitraria.
Vivimos en una cultura del esfuerzo en la que se espera que nos esforcemos en cumplir unas expectativas arbitrarias. Que seamos, o al menos parezcamos, lo que no somos. Que superemos lo que arbitrariamente se considera defectos. También que callemos, que ocultemos nuestras heridas, nuestras cicatrices, que protejamos al mundo de nuestro dolor. Que nos protejamos del dolor del mundo.
Yo creo cada vez más que todo es perfecto tal como es. Incluso nosotros. No hay necesidad de cambiar al mundo. No hay necesidad de cambiarnos a nosotros mismos. Somos perfectos. Nuestro dolor es prefecto. El esfuerzo por mejorar está sobrevalorado. El esfuerzo por cambiar el mundo es inútil. Todo evolucionará naturalmente si me miro al espejo y amo lo que soy, con mis defectos, con mis pecados, con mis particularidades. Cuando bailo mis defectos les encuentro su belleza. No los bailo para cambiarlos, no los bailo para superarlos, no los bailo para juzgarlos. Los bailo para encontrarme a mí en ellos, para ver su luz, para recibir sus mensajes. Y eso a veces me cambia aunque no sea la intención. Me cambia porque me libera.
Gracias a Río Abierto ya no temo estar rota. Celebro estar rota. Estar rota significa que he crecido, que ya no quepo, que me expando. Y Río Abierto me da el espacio para bailarme, para crecer, para expandirme desde la aceptación profunda de quien soy.

Imagen: Expansión de Paige Bradley tomada de http://paigebradley.com/

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