Motivación

El conductismo, por lo general, simplifica el comportamiento humano en la búsqueda del placer y la evitación del dolor. Según eso, para que alguien haga lo que nosotros queremos debemos recompensar con algo que le dé placer o castigarlo con algo que le cause dolor. Y así caemos en la eterna búsqueda del control. Del control sobre el comportamiento propio y de los demás. Creemos tener el derecho de hacer sentir mal a otros para que actúen de acuerdo a lo que nosotros consideramos correcto.
Desde esta filosofía del comportamiento, si alguien no “se porta bien” lo que requiero es darle los incentivos para que se porte bien, darle “refuerzos” positivos o negativos. Desde esa filosofía, si un niño se “porta mal” es porque los padres tienen pautas de crianza permisivas y/o inconsistentes. Si consistentemente hubieran premiado el buen comportamiento y castigado su mal comportamiento serían “angelitos”. ¿No? Y escucho historias de padres y abuelos de algunos adultos que conozco que no le “temían” a la correa o a la chancleta. Y esos adultos dicen con orgullo que vieron como les “dieron duro” incluso después de los 18 años. Y a esos adultos contar con orgullo “travesuras” mucho más peligrosas , inmorales o ilegales que cualquiera que nunca se me haya pasado por la cabeza. ¿No será que si luego de 18 años de usar una técnica se sigue teniendo que usar es porque no funciona?
Creo que hay algo que queda por fuera muchas veces desde éstas teorías del comportamiento. ¿Un niño que se “porta mal” qué necesita? Un adulto que se “porta mal”, ¿Qué necesita? Un adulto deprimido ¿Qué necesita? Un adulto violento ¿Qué necesita? Un adulto que no hace su trabajo con calidad ¿Qué necesita?

Lo común es exigir mayor esfuerzo.
Lo común es hacerle notar al otro que no es suficiente.
Lo común es hacerlo sentir mal.
Y no. El esfuerzo no cura la depresión. Y no. El esfuerzo no cura el origen de la violencia.
El hacer sentir mal a nadie rara vez lo convierte en mejor persona.
Quizás ocurran cambios en apariencia, no de fondo.

Creo firmemente que hay causas subyacentes a cada comportamiento humano. Que las personas no actúan de una u otra forma porque les causa placer o porque no les causa dolor es una visión muy reduccionista del comportamiento humano.
Una persona que roba porque ella y su familia están muriendo de hambre. ¿Lo que requiere es un castigo mayor que su hambre? ¿No será que lo que requiere es herramientas que le permitan obtener un sustento de manera segura y efectiva?

¿Cómo podemos enseñar herramientas para vivir en esta sociedad de una manera efectiva? Creemos que a los niños hay que mostrarles la diferencia entre el bien y el mal. Lo hacemos por lo general por encima de sus necesidades. Les enseñamos a ignorar lo que sus sentidos les muestran. Les enseñamos a ignorar sus emociones. Les enseñamos a obedecer, no a ser independientes. Les enseñamos a complacer a la autoridad, no a atender sus propias necesidades.
Y me cuestiono estos valores. Me cuestiono que un niño atendido, que ha visto a los adultos de su entorno poner los límites que genuinamente necesitan (no aquellos que provienen de una neurótica búsqueda del control) se conviertan en parásitos sociales. Y muchas veces hoy, como adulta, no sé atender los conflictos de manera asertiva. Por eso los evito y me frustro cuando los tengo. Porque hoy, como adulta, me cuesta poner límites a los otros adultos. Porque hoy como adulta, aun en ciertos contextos, callo mi inconformidad y sigo, o aparento seguir, a la mayoría. Porque hoy como adulta me cuesta reconocer mis necesidades. Porque siempre hice lo que la autoridad encargada esperaba de mi con la fantasía de que eso me daría amor y aceptación.
Y no quiero que mis hijos sean así. Y tampoco quiero que tengan que recurrir a la rebeldía para que puedan crecer en la vida, para que puedan hacer su propio camino.
Creo que la motivación extrínseca es necesaria sólo en casos particulares. Y creo que es perjudicial en muchos de los contextos en que se usa hoy en día. No necesito incentivos, terrenales o divinos, para hacer lo correcto. Mi incentivo es tener la libertad de atender mis necesidades y las de mi familia. Poder atender mi necesidad de crecer y crear. Poder sentirme auténtica y curiosa. Poder sentirme VIVA. Libertad, poder elegirme. Tener una vida auto determinada, esa es hoy mi motivación. La calidad y el compromiso llegan solas con la pasión con que hago las cosas. Y eso ninguna motivación externa me lo da.

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Crisis

Recuerdo bien una de mis crisis autistas. Estaba cansada tras un viaje de muchas horas. Se estaba haciendo un trámite migratorio con mis dos hijos cansados. Estaba en una cultura donde la relación con las autoridades policiales se maneja distinto. Estaba en un lugar donde puede haber importante discriminación a los de mi nacionalidad.
Hago algo mal. No recuerdo qué porque aún no lo entiendo. Mi tendencia era a seguir las reglas. Esa actitud que me da seguridad y mi esposo juzga a veces como puritana.
Termino verbalmente maltratada por la única persona que podía haberme ayudado. Tratada como niña.  Recibo un trato condescendiente.
¿Qué aprendí?
Que en mis momentos de crisis estoy sola.
Que no me es válido expresar mi incomodidad con ciertas situaciones porque soy menospreciada.
Que los demás esperan de mi un comportamiento que en ocasiones no soy capaz de tener.

Y cada vez que estoy en situación similar tengo más ansiedad que antes.
Y sé que en cualquier momento se puede repetir.

¿Lo hice por llamar la atención? No. ¿Buscaba algo específico con mi reacción? No. ¿Lo hice porque comportamientos similares alguna vez me hayan servido? No.

¿Aprendí que ese comportamiento no me es útil? No. Porque siempre supe que no lo era. No. Porque nunca lo elegí.

¿Puedo evitar, gracias a la actitud de mi acompañante, una reacción similar en un futuro? No. Gracias a su actitud, si estoy con él las probabilidades de que tenga una crisis serán mayores en una situación similar porque aumentaría mi ansiedad porque no sólo voy a cometer esa equivocación social sino que después seré tratada mal por alguien en quien confío.

Afortunadamente hoy tengo otros recursos. Sé que puedo confiar en mi cuerpo. Tengo formas de expresar mi emoción antes de explotar. Puedo elegir otras acciones antes de explotar porque las he explorado en donde no soy juzgada, las he explorado desde el baile. Las he aprendido desde la aceptación incondicional de mis emociones, del amor incondicional a la que ese día explotó. No desde el rechazo, no desde la represión, ni desde el querer complacer a otros con mi buen comportamiento. No desde el querer ser distinta a quien soy.

No veo como una actitud de rechazo al comportamiento de mi hijo en crisis pueda evitar nuevas crisis. No puedo. No me pidan que lo rechace. No me pidan que condicione mi amor de acuerdo a su comportamiento. No es por miedo a lo que pase “si lo dejo sólo”. Es que simplemente no está bien. Es que simplemente dejarlo sólo es reforzarle sus imaginarios sobre el mundo que lo rechaza.
Creo en las palabras, quiéreme cuando menos me lo merezca que es cuando más lo necesito. No sólo quiéreme, sino déjamelo saber, con palabras y con gestos.
Mi camino es aprender a quererme.
No me pidan hacer lo contrario. No me pidan promover lo contrario.

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