La Educación y el Miedo

La mayoría de personas hemos sido educadas con miedo. Con terrorismo según la definición de esta entrada. Y somos personas adultas que necesitamos aplicar control sobre las demás personas para sentirnos “tranquilas”, confiadas o empoderadas. Personas adultas que queremos que quien nos rodea permanezca estático, o que crezca de acuerdo a nuestras expectativas de “éxito”, de lo contrario lo acusamos de traicionar nuestra confianza, de no ser lo que aparentaba. Por este miedo deseamos que los comportamientos de los demás sean blancos o negros, nunca grises y mucho menos multicolores. Nos dan miedo las personas “con tan poca personalidad” que no sean lo que eran hace un año o diez.
Aquellas personas que buscamos vivir con conciencia, y hemos aprendido a valorar el vivir en el presente, tenemos un gran lastre de miedos que soltar fruto de nuestra educación condicionada. Miedo a la incertidumbre, al no saber lo que pasará mañana. Somos personas adictas a la predicción, al saber que si hago esto entonces pasará esto otro y, si no podemos predecir el futuro, nos llenamos de ansiedad.
¿Y si ese control sobre los otros, sobre el mundo, sólo fuera un reflejo de nuestro control interno? ¿Y si esa necesidad de controlar lo de afuera es sólo un reflejo de tener lo de adentro controlado? “Que nadie vea mis debilidades, mis vulnerabilidades, mis defectos, mis sombras, mis monstruos.” Ese es el objetivo del autocontrol. Pero los debilidades reprimidas sin válvula de escape con frecuencia devienen en monstruos. Bien decía Carl Jung:

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[Descripción de la imagen: Una mujer con alas sentada en el suelo, apoyada en una pared, cubriendo parte de su cuerpo con una tela de un tono rojizo. Su cara parece mostrar tranquilidad o placidez..y el texto “Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma.” -Carl Jung]

“Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma.”

El control se vuelve una paradoja.

Reprimo lo que no me gusta de mí aplicando control. Lo niego en mí. Me engaño. Lo reprimido sin válvula de escape sale en explosiones violentas, sin control, después de un tiempo. Y vivimos esclavos de ese vaivén.

No somos libres.

Y perpetuamos la esclavitud.

Veo los miedos y controles que le inculcan los adultos a los niños. Entiendo su desesperación por cambiar un comportamiento disruptivo, antisocial, explosivo o agresivo. Entiendo muy bien su desesperación. Entiendo que, así como hemos sido condicionados, creamos que el camino más efectivo sea crear una desmotivación, un aversivo para que cambien los comportamientos indeseados. O quizás motivar con premios y halagos lo cual tampoco crea personas auténticamente éticas o morales. Es nuestro afán de control. Es nuestro miedo al “que tal si”. “Si no lo controlo se convierte en emperadorcito.” “Si no la controlo ella me controla.” “Si no controlo a mis hijos vivirán una vida desordenada.” “Si no controlo se convertirá en sociópata”. “Si no controlo no tendrán éxito en la vida”. Los “qué tal si” nos dan pavor. ¿Es un miedo real? ¿Qué pruebas tenemos? ¿Habladurías de familiares? ¿El mito de que a mí me criaron así y no me pasó nada? ¿Qué pasaría si no condicionamos a los niños sino que los ayudamos a elegir a elegir aquello que les trae gozo? ¿A comprender lo que los hace sentir mal y encontrar qué efectivamente puede satisfacer sus necesidades reales? Sigo pensando que el comportamiento antisocial es fruto del sentirse mal. Y el sentirse mal es fruto de no tener herramientas para atender las propias necesidades. Y la necesidad de control proviene de un miedo a un futuro que imagino, no a una necesidad real. A lo que nos han programado con el conductismo y el miedo, a sacrificar el presente real por un futuro hipotético.

Por eso digo no. No confío en la multitud de psicólogos que dicen que los malos comportamientos tienen su origen en pautas de crianza pasivas, permisivas, inconsistentes o no contingentes. Los comportamientos difíciles tienen su origen en necesidades reales insatisfechas tratadas de reprimir para complacer a las autoridad de turno. El conductismo busca eliminar el síntoma sin investigar su origen. Aceptar el juego del conductismo es entrar a la esclavitud del péndulo entre la represión y la explosión. El conductismo es otra estrategia de la sociedad para controlar artificiosamente el mundo. Es un juego perverso. Y yo quiero sacarme a mí y a mis hijos de ese juego.

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