Fragmentación vs germinación

Con mis hijos estábamos leyendo unos cuentos sobre brujas y hadas. En el cuento había brujos de luz y brujos de oscuridad que, en su mayoría vivían en armonía, cada uno desde su naturaleza. Cada cierto tiempo, durante el solsticio, un grupo de brujos de la oscuridad luchaba para lograr que el mundo viviera sólo en oscuridad y así lograr el dominio por parte de los oscuros.
Creo que en nuestro mundo ha pasado exactamente lo contrario. Y cómo dice una amiga hay un «nazismo de la luz». Y desde este nazismo de luz nos han convencido de vivir en el mundo de manera fragmentada.
Nuestra humanidad ha sido fragmentada.
Nos vendieron, con violencia de por medio, que busquemos el cielo evitando las tentaciones de la tierra, que alimentemos nuestra mente escondiendo las «infantiles» emociones de nuestro corazón. Nuestro cuerpo y nuestra sexualidad se volvió fuente de pecado.  
Y seguimos comprando la fragmentación que nos vende el miedo. Seguimos comprando la idea de que debemos buscar la luz negando y ocultando, negando nuestra oscuridad.
Compramos, sin dudarlo, que para ser exitoso es necesario ser más alto, más de luz y menos de lo bajo, menos de oscuridad. Más fuerte, más poderoso, más sabio, más rico. Debemos subir la jerarquía de la luz desterrando de nosotros cualquier indicio de oscuridad, de pecado, de error. Buscamos ser perfectos para evolucionar reprimiendo todo aquello de nosotros que no nos gusta. Aquello que nos han inculcado que son nuestros defectos, aquello que en nuestra crianza han castigado ya sea físicamente o con muestras de desamor explícito o implícito.
No se nos permitió explorar otras facetas de nosotros mismos que no fueran las correctas, las bonitas, las que nos lleven más arriba, las aceptadas por la sociedad o por nuestros padres. Luchamos, toda nuestra vida, por ser diferentes a como somos. Y a eso se llamó evolución. A eso se llamó mejorar. Y lo hacemos para ser más digno de amor o aceptación o admiración de otros, o ser más dignos de un paraíso. El esfuerzo por lograrlo es valorado. El traicionar nuestra naturaleza humana es premiado.
En esta sociedad se mira sólo hacia arriba. Cielo, cabeza, poder jerárquico, luz. Se nos inculca que debemos esforzarnos por ser buenos, racionales, líderes, ejemplo. Se nos obliga,
a vencer nuestros defectos,a dominar nuestras emociones,a silenciar u ocultar nuestras necesidades corporales, a distanciarnos arrogantemente de los animales.
El cuerpo tiene muchas veces que enfermarse para que lo reconozcamos, las emociones también buscan el cuerpo para expresarse ya que no les damos alternativa. Y en mi caso es por vivir en la cabeza.
Renunciamos a nuestra conexión con la tierra buscando ser pulcros e inmaculados. Se nos enseña que la tierra es algo sucio, bajo. Quizás por eso se dedican a cultivar la tierra los más «pobres», los que están más abajo. Son incontables las veces que he oído la palabra “campesino” de manera despectiva. Me han dicho muchas veces que hay que evitar hablar o vestir o parecer como campesino o casi cualquier oficio que trabaje con las manos. Podría cambiar la palabra “campesino” por “obrero”, por ejemplo. Porque en mi crianza quien vive del intelecto, el acumulador de saber intelectual, es «más», y no debe rebajarse en su jerarquía viviendo de sus manos, de su cuerpo, peor aún de su sexualidad. Y no es “más”, tampoco “menos”. Tiene otros saberes.

Y luego veo que mis grandes transformaciones, que mis grandes evoluciones, se dieron no gracias al esfuerzo por ser mejor, no gracias a la represión de lo malo en mí. Se dieron gracias a la aceptación de mis partes feas, de dejar de juzgarlas como defectos, de dejar de ocultarlas. Se dieron al valor de actuar desde ellas, al principio al menos, desde la seguridad que me brindan los talleres de Gestalt y de Río Abierto. Ahí, sabiendo que no seré juzgada, sabiendo que seré contenida con amor si es necesario, puedo expresar esos aspectos oscuros de mi propia naturaleza, puedo reconocer que “esa también soy yo”. Pude crecer, luego de los 38 años, no desde la búsqueda del cielo, crecí desde el reconocimiento de la tierra, de echar raíces profundas, de ir a lo oscuro y lo profundo. Hoy no creo que sea posible llegar muy alto son tener buenos cimientos, raíces profundas.
Así, poco a poco, voy perdiendo el miedo a ser menos, a ser mala, a no ser suficiente. Voy reconociendo y amando mi oscuridad. Y desde ahí voy germinando.

Al fin y al cabo, es desde la oscuridad que germinan la mayor parte de las semillas.

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