¿Ser normal?

Nos dicen que un diagnóstico nos limitaría, haría que se nos metería en una caja de la que será difícil salir. Pero para mí la caja más limitante ha sido la de la normalidad.
Nos dicen que los diagnósticos son etiquetas y las etiquetas son para la ropa y no para las personas. Y también nos dicen que debemos esforzarnos por parecer normales para que no nos discriminen. La etiqueta “normal” es la que más me ha limitado. Pero ESA etiqueta pocos la cuestionan.
Incluso yo, por muchos años, he evitado el uso de etiquetas para evitar que vean a mi hijo como diferente. Otros han seguido uno y otro tratamiento o terapia con el fin de que las características que los hacen diferentes sean menos visibles. Muchos de nosotros los autistas hemos aprendido más de un truco o imitación de comportamiento que nos permita mezclarnos con “la gente”, para ser aceptados en sociedad. Yo creía que “ser normal” o al menos parecerlo, era un paso necesario para luego poder “ser extraordinario” o “ser exitoso”. Creí que ese camino era una línea recta. Que era necesario pasar por “normal”.

Eso creí.
Eso intenté.
Para eso hice grandes esfuerzos.

Y, en este proceso de aprender a quererme, veo el costo que ha tenido en mí el aprender a ser normal. Costo de energía .. costo en autenticidad… Hoy desaprendo comportamientos automáticos que me permitían mezclarme entre “los normales”. Algunos me son útiles… A veces… Y otras veces me alejan de mi grandeza… Y, como se habían vuelto automáticos, no los podía elegir. Hoy me propongo elegir. Elegir en qué gasto mi energía. Elegir si sacrifico mi autenticidad.
Tengo otros comportamientos que están reprimidos, guardados, olvidados, negados… Esas partes mías que no han sido amadas… Esas partes mías que me separaban del ser la “niña buena” que la sociedad esperaba de mí. Esas partes fuertes o rebeldes que cada vez reconozco más en mí y me son útiles. Hoy las decido elegir.
Todas las características que hacen esa hermosa particularidad que soy tienen y siempre han tenido derecho a ser amadas, a ser reconocidas, a ser exploradas…
No son pecados por expiar…
No son defectos por superar…
No son imperfecciones por ocultar…
Mis partes autistas no son defectos, no son imperfecciones, ni pecados… Ni siquiera malos comportamientos… Son particularidades, a lo sumo son adaptaciones. Al igual que tantos otros comportamientos en mí que consideraba defectos..
El autismo no es una caja que me encierra en un diagnóstico. Es un mapa que me permite entender mis diferencias. Es un mapa que permite encontrar personas que tienen experiencias de vida similares a la mía de muchas maneras diferentes. Me permite encontrar mi tribu, mi neurotribu. Y mis tribus, la de madres, la de Gestalt, la de Río Abierto, siempre han sido de incalculable valor en mi crecimiento porque en mis tribus puedo apoyarme cuando me es difícil quererme. Porque para quererme he necesitado espacios libres de juicios, entornos de amor incondicional y eso son mis tribus.
Amo mis diferencias. Y puede que eso que me hace extraordinaria se considere un error en mi naturaleza o en la crianza que recibí. Puede que se considere que mis rarezas existen porque que no me esfuerzo lo suficiente por “mejorar”…
Y mis particularidades no son errores, no son defectos. Me son útiles. Me ayudan a hacer soportables situaciones que para otros son imperceptibles. Y si se aceptan mis particularidades, o si dejo de preocuparme por que las acepten, quizás logre tener la energía para ser extraordinaria, para dar lo mejor de mí al mundo.
Para ser extraordinario no se necesita que me esfuerce por parece normal.
Al contrario.
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Estar un tiempo en sus zapatos

Una característica que hay en mí es sentir, sentir de los sentidos aunque desde lo emocional también, los estímulos de manera más intensa que la mayoría de personas. Si quisiera seguirle el cuento a la moda de hacer de las diferencias una patología podría decirse que tengo un trastorno de integración sensorial.

No sé si esta semana estuve más sensible de lo habitual o que mi entorno estuvo más intenso.

El lunes me levanté con un retorcijón estomacal, normalmente no doy importancia a esos pequeños dolores, porque en mi familia las mujeres tenemos un umbral del dolor muy alto (nótese el énfasis en la confluencia), pero esta vez empecé a sudar frío y casi se me van las luces. Me costó mucho recordar ese “pequeño” dolor y asociarlo con el episodio.

El resto de la semana estuvo dentro de lo normal. Soportando las habituales incomodidades que serían imperceptibles para otros: La picazón por los elásticos y las telas de la ropa, especialmente la ropa interior, el someterme a los sonidos, olores y temperaturas del Transmilenio en el hacinamiento de horas pico, la bulla de los manifestantes a pocas cuadras de mi oficina, los aromas de los almuerzos en la sala junto a mi puesto de trabajo. Hubo una pequeña situación de estrés, tuve que mostrar mi molestia a un usuario por su falta de colaboración, la cual somaticé de la manera habitual, con manchas rojas y picazón en el área del cuello. El viernes aumentaron los estímulos un poco. La sala de comunicaciones a mis espaldas tuvo un problema en su sensor de entrada y un agudo timbre sonó con cierta regularidad. También unos raperos hicieron un concierto en el parque frente a mi oficina y sus sonidos llegaban distorsionados 36 pisos más arriba o venían distorsionados desde su origen. No veía la hora de escapar. Afortunadamente tenía sesión de terapia grupal de movimiento vital expresivo y, no solo pude escapar un poco más temprano del exceso de estímulos que estaba por enloquecerme, sino que pude soltar “lo que sobra” y disfrutar un hermoso cierre de grupo de trabajo.

El sábado, no supe dar la importancia a mi necesidad de comer en horario normal, y no hice nada por evitar almorzar a las 5pm. Esa fue la gota que derramó el vaso y mi cuerpo pidió aislamiento total de los estímulos. Como no le di el aislamiento “por las buenas” me dio una muy intensa migraña. Y es que no logro dar la importancia que tiene para mí la atención de esas necesidades “particulares” que no todos los humanos tienen o parecen no tener. Al escribirlo noto que tengo varios mandatos sobre el tema:  No “debo” ser quisquillosa y quejarme del Transmilenio o de la bulla del entorno o el retraso del almuerzo. Debo ser fuerte para soportar eso que parecen ser «pequeñeces» para el resto del mundo. Lo correcto es callar y soportar, porque soy una persona “civilizada” y, al aceptar trabajar en una empresa en el centro de la ciudad, o para compartir la hora del almuerzo con otras personas con otras necesidades, es uno de los precios que tengo que pagar. ¿Son estos mandatos unas versiones alternativas de uno de mis principales mandatos, el de no incomodar a los demás? Justo el viernes me di cuenta que merezco ocupar espacio en el mundo. Creo que ese no incomodar es una manera de empequeñecerme, de no ocupar espacio, de ser niña. Tengo una enorme necesidad interna de ser vista y un mandato enorme como una montaña de que lo correcto es ser discreta, pasar desapercibida, no incomodar, ser invisible, no ocupar espacio.

Y veo que mi hijo “por cualquier cosa” hace un tremendo “berrinche”. Él ocupa espacio, se hace notar, no parece importarle que otros nos incomodemos con su malestar. No tiene claro qué lo incomoda aunque expresa bien que está molesto. Sé que él tiene sus dificultades sensoriales también. Y no sé qué tanto estará soportando antes de “explotar”. Él puede estar viviendo acumuladas en un solo día las dificultades sensoriales que yo viví en una semana.

Hoy logro ver que puede ser lo mismo, su dificultad y la mía. lo que cambia es nuestra respuesta. El explota y yo somatizo, espero a que el cuerpo me obligue a atenderlo. Creo que su respuesta, por más que nos incomode a quienes compartimos con él, es más sana que la mía. Ha sido revelador para mí entender que puedo experimentar un poco lo que es estar en sus zapatos.

 
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Maternidad fuera de lo normal

La semana pasada mi hijo mayor tuvo una crisis con autoagresión. Una crisis como esa fue la que me motivó hace unos 4 o 5 años a aceptar la medicación antipsicótica que nos recomendaba un respetado neuropediatra. Medicación que meses después suspendimos porque además de no ayudar mucho, también estaba afectando la salud de mi hijo. En crisis en las que parece que la vida e integridad de mi hijo estén en riesgo, dudo de mí y de él. Crisis como esa me llevan a dudar de estar haciendo lo correcto como madre. Me llevan a los debería. Me llevan a querer que mi hijo sea diferente de como es. Me llevan a querer ser una madre distinta a la que soy.

Es irónico que pase el mismo día y hora en que me decían si podia hablar conmigo una madre que empieza a vivir situaciones como las que yo he vivido con su hijo “etiquetado”. Irónico que pase cuando mi ego pregona a los 4 vientos el haber “trascendido la etiqueta”.

Y, como pasó en el colegio, me proponen reiniciar terapias, apoyo psicológico. Y no los culpo. Mis hijos aman su colegio, pasan felices ahí. Ellos solo se preocupan porque esté bien. Mis hijos en su colegio son apreciados tal como son. Nadie los invita a ser iguales ni mejores que los otros. La propuesta me hace dudar de mí, de estar haciendo lo correcto. Me pregunto si debería estar haciendo “algo más”.

Y me pregunto los por qué y para qué de su comportamiento. Veo el patrón de que ocurre cuando ha hecho algo que sabe que no va a ser aprobado por las autoridades. Empiezo a preguntarme la causa de que mi hijo se sienta no digno de vivir. Tengo claro que no es que no quiera vivir, es que cree que morir nos haría la vida más fácil a los demás. Y si, quizás puede haber manipulación en su comportamiento. Y si, sé que su comportamiento debe tener necesidades insatisfechas subyacentes, necesidades que a veces no tengo la presencia y paciencia para atender.

Y a veces también me parece obvio que un niño que ha estado en terapias desde los dos años tenga la idea de que hay algo “dañado” en él. Es mi espejo sin duda, pues por tantos años me he sentido inadecuada para el mundo social en que vivo. Sin que en ese entonces existiera una “etiqueta psiquiátrica” con la que el DMS V considera un trastorno mi introversión.

Y veo que la búsqueda de terapia que lo ayude es más para cumplir parámetros externos y arbitrarios de normalidad que porque realmente crea que nos ayude. Y veo que pasado el episodio y luego de un rato de estar en su huerta escolar, siguió siendo el niño feliz y curioso que habitualmente es.

Afortunadamente ha sido largo el camino recorrido. Y sabiendo que como hemos crecido más ha sido aceptándonos como somos, tanto como individuos como familia. A pesar de un diagnóstico del espectro autista mi hijo no teme las interacciones sociales, las busca, le interesan, aunque no le sean fáciles con niños de su edad. Considero eso un aspecto muy positivo en él, algo que lo ayuda. Hoy, una semana después del suceso sigo pensado, que como estamos es como mejor hemos estado. Sigo pensando que hacer cualquier cosa «recomendada» desde afuera es reforzar la idea de que hay algo malo en él que debemos arreglar.

Agradezco las sincronicidades que me hicieron llegar este enlace que me ayuda a segur confiando en nuestro caminio. Quiero seguir pensando que estamos bien y que la normalidad, teniendo en cuenta lo arbitrario y restrictivo del concepto, es algo que ya no me interesa buscar. Confío que la vida nos mostrará la manera de DESCUBRIR la mejor versión de nosotros mismos. Aunque este concepto este tan apartado de la construcción de la personalidad tan valorado hoy en nuestar sociedad.

Recuerdo el título de una charla de Gerry Fewster y que resume nuestro camino como familia: “Free your child from the shackles of normality” (Libera a tus hijos de los grilletes de la normalidad). Esto tiene sentido hoy cuando considero lo opuesto a la normalidad, no como defectuoso ni anormal, para mí lo opuesto a lo normal es lo extraordinario, lo que no tiene igual, lo especial, lo auténtico. Hoy no me interesa otro camino.

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