Mi experiencia en Gestalt

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Hace más de dos años llegué a la Gestalt. Llegué buscando consciencia, un concepto que había llegado a mi vida hace unos 20 años y que no me queda claro por qué lo había olvidado. Lo cierto es que no solo eso había olvidado, había olvidado quien soy y que me gusta.

Tengo tendencia a hacer lo correcto, para ser apreciada, para no incomodar. Siempre pensé que no era la suficientemente buena, ni como hija, ni como estudiante, ni como profesional, ni como esposa, ni como madre. Y creía que debía esforzarme en ser mejor. Como madre la tarea de ser mejor ha sido la más difícil. Antes de entrar a Gestalt ya tenía clara la teoría de lo que una buena madre debe hacer. Y no lograba hacerlo. Y en ese no lograr ser la mamá de mis expectativas llegó a mi memoria el concepto de consciencia. ¡Claro! Si lograba ser más consciente no sería la madre gritona, tendría la consciencia para ser la madre que está lo suficientemente en ella para hacer siempre “lo correcto”. Investigando sobre consciencia llegó también el concepto de presencia. Y buscando herramientas para ser consciente y presente llegué a la terapia Gestalt. Al principio llegué como paciente y creo que cuando empecé la formación aún tenía la secreta expectativa de llegar a ser una mejor versión de mi misma.

En esa búsqueda de ser mejor, adopté como propias las pautas lingüísticas, el vacío fértil se volvió, por un tiempo, en el “objetivo a lograr” Aprendí a darme cada vez más cuenta de lo obvio y lo imaginario. Empecé a observar mis pensamientos y reconocerlos como tales. Poco a poco me daba cuenta de la cantidad de juicios que hacía, hacia mí, hacia mi trabajo, hacia mi proceso, hacia mi vida, hacia mis decisiones pasadas. Aún así no era consciente del palo que me daba. Era más fácil ver los juicios yo hacia los demás que los juicios que hacia mí. Supongo que es normal en una sociedad donde ser “crítico” hacia uno mismo es el primer paso para mejorar, cambiar para superar los defectos.

Llegó el taller de límites del contacto. Un tema difícil para mí. En algunos espacios defino límites claros e inflexibles, en otros, la mayoría, me dejo invadir. No me gusta incomodar, y para evitar conflictos, prefiero incomodarme yo. Ni siquiera cuestiono muchas veces mis necesidades o preferencias y, si las invasiones me causan daño, quedo resentida y pensando en “los hubiera” o en “la próxima vez”. Fue muy duro revisar la oración de la Gestalt y al mismo tiempo empoderador. “Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas, tú no estás en este mundo para cumplir las mías”. Duro, porque en muchas relaciones amorosas, familiares, de amistad, he sacrificado mis preferencias, he callado mis pensamientos, he ocultado mis sentimientos, con la excusa de que “al final hago lo que quiero”, cosa que en el fondo no es tan cierta. Y, al no expresarme, sacrifico mi autenticidad. Duro, porque empezaba a darme cuenta que, después de años de hacer “lo correcto” de hacer cosas por complacer a otros, había olvidado que quiero yo, lo que me gusta, lo que es no-negociable para mí. Vi que tampoco tenía claros mis límites. Empoderador, porque me permitía experimentar el amor incondicional que tanto predicaba. Como los demás no tienen que cumplir mis expectativas, si decido amarlos, los amo “tal como son”.

El taller de proyecciones marcó un hito importante en mi proceso. Me mostro partes de mí que no reconocía. Al encarnar a ese personaje que yo juzgaba como arrogante me permití disfrutar la exposición, el ser vista, el ser mirada, el ser reconocida. Y para mí esto ha sido muy importante en el proceso de aprender a quererme. Porque cuando me muestro, reconozco que valgo, que importo, que creo importante mi sentir y mi pensar, digno de ser compartido, digno de ser entregado… El taller de introyectos me permitió ver muchos de los mandatos que no me permiten mostrarme como soy, no me permiten ser auténtica, no me permiten mostrarme. Mi más enorme introyecto es “no molestar/no incomodar” y descubrí que eso puede ser cualquier cosa y está muy relacionado al “pasar desapercibido para no ser arrogante”.

Otro gran “darme cuenta” del primer año, y que me permitió quererme más, fue en una de mis primeras experiencias de Práctica Gestáltica Personal. Trabajé a la mamá que pone los límites amorosamente y la mamá que pone límites con gritos. Empezó hablando la madre “amorosa” que resultó no serlo tanto, criticaba a la madre gritona acusándola de inmadura, de irresponsable, de descontrolada… resultó ser “la dueña” de muchos introyectos, muchos “deber ser”… Al hablar la madre gritona le reclamaba a la otra por sentirse chiquita… me di cuenta que es mi niña interior, que aún no se siente escuchada y no tiene herramientas diferentes a los gritos para hacerse escuchar. La niña chiquita le hizo ver a la criticona que era una hipócrita llena de teorías de crianza con apego y que cuando más la necesita se esconde en lugar de ayudar. La mamá criticona logró comprender a la niña chiquita y le dijo que ella estaría allí para ayudarla, para escucharla y para consolarla.

El segundo año me confrontó con nuevos desafíos. En un taller de polaridades mis compañeros elegían un personaje para que yo representara. Eligieron para mí una monja de claustro. Ese personaje lo reconocí en mí, en mi historia, y aunque lo niegue, en mi presente. Es un personaje arrogante, que se cree mejor que el mundo por no caer en las superficialidadades, es un personaje solitario, amargado, pesado. Me confrontó mucho que aún me vieran así. Me molestó ser ese personaje. Pensé que poco había logrado en el proceso para que me vieran así. Nuevamente, resté valor a mi proceso. Me resté valor. Decidí ver a este personaje de frente, aceptarlo en mí aunque me duela, averiguar que me da ese personaje. Fui ese personaje con intensidad, casi el resto del año. Me apegué a él. Estuve enconchada, aburrida, desmotivada, dramática y triste. Y desde ese personaje, me es muy difícil conectarme con otro, acompañar. Y, teniendo en cuenta que este segundo año es del acompañamiento a otros, fue un año doloroso. Porque ese personaje me daba palo cuando “no lograba ser terapeuta”. Desde este personaje me dije “no sirves para esto”, “no tienes lo que se necesita para acompañar”. Y entonces, este personaje me dejó de ser cómodo, me empecé a sentir limitada por ese personaje. Lo llevé a clases de movimiento. Lo llevé a terapia individual. Lo exploré a fondo, y también a su polaridad. A ambos los actué, los bailé, los senté en sillas vacías. Sé que ese personaje no soy yo. Aún me cuesta reconocerlo. La ironía es que me es difícil quererme cuando me apego a ese personaje. Temas personales me permitieron entender su razón de ser, en parte. Quizás ahora puedo empezar a quererlo. Y ahora, solo ahora, creo que puedo ELEGIR más veces actuar, o no, ese personaje. Volverme a permitir actuar otros. Y volver a empezar a quererme.

Junto con estos darme cuenta en laboratorio, en “la vida real” me empecé a dar oportunidades para hacer cosas que me gustaban. Continué con mis clases de Movimiento Vital Expresivo, empecé a asistir al grupo de crianza y empecé a hacer repostería.

El proceso de hacer repostería ha sido muy bonito. Y por eso lo usé para mi taller de cierre. Como tantas cosas en mi vida empezó como un mandato: “Yo DEBERIA mandarles a mis hijos loncheras más nutritivas”. Luego fue evolucionando a la pregunta “¿Que QUIERO hacer hoy? Seguida por la pregunta ¿Cómo lo hago? Muy parecido al cuadro de exigencias y responsabilidades que trabajamos con Eduardo: Identifico mis introyectos nutricionales. Identifico, a nivel de sabor, textura, aroma, qué quiero. Identifico qué puedo hacer para satisfacer ese querer mirando que ingredientes tengo y cuanto tiempo tengo. Identifico qué necesito, por ejemplo, buscar una receta en la cual basarme, salir a comprar el ingrediente que me falta.

La repostería hoy es mi espacio, empieza por lo que quiero. En este espacio pierden importancia las expectativas de los demás. Me permito transgredir las medidas exactas que caracterizan a la repostería. Me permito crear y crearme. La repostería se volvió una manera de consentirme, de reinventarme, de mostrarme, de quererme.

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