No podemos salvar a nadie

No podernos salvar a nadie…
Lo sé desde la teoría… Sé que es arrogante pretenderlo… Incluso violento…
Intenté acompañar a alguien en una difícil vida, al menos un momento difícil de vida… Le quise mostrar alternativas al remedo de vida que nos quiere imponer la sociedad… Le quise mostrar ideas distintas a las tradicionales… Le quise mostrar maneras de cambiar diferente al esfuerzo de tratar de ser quien no somos… La traté de aceptar tal como es… Traté de que se aceptara tal como es…
Y llegó un momento en que me sentí agredida… En que cada palabra que hablaba yo, desde lo que es “mi verdad”, generaba dos o tres juicios y acusaciones de parte de ella… Juicios y acusaciones no desde conocerme sino desde la generalización de lo que supuestamente son “todas” las personas como yo, ya sea Asperger, sin dificultades académicas, con carrera, con empleo, introvertidas, apreciadas por los demás… Si yo decía algo que no correspondía con el imaginario de ella sobre lo que deben ser “las personas así”, según ella estaba mintiendo….
Y yo no puedo con eso… Me siento agredida… No creo haberla insultado nunca… No creo haber usado adjetivos calificativos hacia ella… Y creo tener que elegir entre tener paciencia, escuchar las quejas que vienen seguramente del desamor recibido, de la agresión recibida…. Sé que no tiene la culpa…. Y la alternativa es protegerme, saber que no merezco esas palabras, que no necesito ni me hace mejor persona, aceptar sus continuos juicios de valor hacia mí o hacia cualquier grupo de personas. Y lo mejor, y lo más amoroso hacia mí es hacerme a un lado.
No es mi deber salvarla. Ella no quiere ser salvada. Como todos, ella quiere ser escuchada, pero no le interesa hablar desde un lugar distinto al resentimiento y al odio. Y ese lugar no me es útil…. Aunque suene arrogante, hoy no lo necesito…
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¿Quién eres tú? (Secuela de Soy arrogante)

¿Quién eres tú para juzgarme?
¿Quién eres tú para decir lo que es feo en mí?
¿Quién eres tú para darme consejos sobre los defectos que debo superar?
¿Quién eres tú para saber y tratar de hacerme confesar lo que yo pienso y siento?
¿Quién eres tú para decir que miento y creer que conoces mis profundas intenciones?

Pues no te mentí… Te confesé uno de mis grandes “defectos”… Un “defecto” que he trabajado, que he explorado… Un “defecto” que al reconocer en mí ha transformado mi vida…
Sí, soy arrogante… Profundamente arrogante… Sí, creo que mi nivel de consciencia está por encima del de la mayoría… Sí, te lo dije, reconozco que es un mecanismo de defensa para hacer frente a los cometarios que alguna vez me hicieron daño.
No, no soy tan arrogante como para no reconocer que el ruido que me hacen tus palabras se debe a temas propios por trabajar.
No, no soy tan arrogante para decir que lo que dijiste me hace daño. O si, soy tan arrogante como para no darte ese poder. Me hago responsable de mis emociones.
Me hago responsable de la rabia que siento. La reconozco, la miro, la exploro, la exagero… Es lo que me ha servido… La trabajo en mí para no ser violenta contigo. Soy arrogante y ser violenta contigo no sería coherente con mi nivel de consciencia.
Soy arrogante, no lo suficiente. Pues para mí el colmo de la arrogancia es creer que sé más de los demás que ellos mismos y juzgarlos por lo el imaginario que yo construyo de ellos. Arrogancia máxima es creer que la gente cabe en cajitas y que todos los que meto en una misma cajita son iguales sin darme las oportunidad de entender que hay detrás de esa cajita en que lo encasillé.
Soy arrogante y pongo distancia. Porque me quiero lo suficiente para elegir no recibir juicios superficiales de quien no quiere ver más allá de su definición de una palabra.
Pongo distancia y te deseo paz y amor, que logres encontrar un camino de crecimiento y autonomía. Deseo que algún día puedas ver que no todo el mundo tiene la misma agresión que tanto ejercieron sobre ti.
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Soy arrogante

Soy arrogante…
Si, lo acepto sin avergonzarme de ello…
Es uno de mis personajes favoritos… Quizás es de los primeros personajes de Gestalt en el que dije “Y esta también soy yo”. Decirle arrogante a Nico en el taller de proyecciones para luego reconocerme arrogante cambió radicalmente la percepción de mí misma. Y por eso hoy cuando alguien me dice es feo ser arrogante, no seas así, le digo lo siento, contra mi arrogancia no voy a luchar.
Porque desde la arrogancia me siento grande, me siento capaz, tengo la fuerza para mostrarme, puedo hablar duro y tengo la capacidad de poner límites a quienes me menospreciaran. Y estas son características que me son útiles a mí, tan acostumbrada a pasar desapercibida y esforzarme por no incomodar a otros. Tan acostumbrada a parecer invisible y a la rigidez que me implica intentar complacer a todos a mi alrededor y a las exigencias sociales.
Me reconozco arrogante también en sus características menos aceptadas. Me reconocí arrogante ya en ese mismo taller cuando juzgué a alguien de superficial (característica que en mí también ha traído grandes regalos). Me reconozco arrogante cuando me creo en un nivel de consciencia superior al promedio.
Me reconozco arrogante cuando no me atrae la venganza ni el “para que aprendan”, ni la violencia física o verbal como opción de respuesta a quien me ha agredido, porque me considero en ese nivel de consciencia superior. Me reconozco arrogante cuando me enorgullezco de poder ver a los comportamientos de las personas y ver su luz, o al menos poder ponerme en su lugar y tratar de entender los motivos detrás de su “mal comportamiento”. Soy arrogante cuando aún desde esa arrogancia de creerme en otro nivel de consciencia, no deseo no necesito que alguien se sienta menos para yo sentirme más. Soy arrogante cuando me dicen que algo que dije o hice les causa daño y les hago ver que lo que causó daño no fue mi acción o mis palabras sino su interpretación de ellas. Soy arrogante cuando me niego a cargar con las responsabilidades de otros. Soy arrogante, cuando alguien me habla de mis defectos feos por superar y yo en cambio los ensalzo y les doy amor a mis defectos, no haciendo caso de las recomendaciones que me hacen “por mi bien”.
Soy arrogante, lo digo con arrogancia. Orgullosa de ese personaje que también soy y que tantos regalos me ha dado.

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Los misterios de la consciencia

El mundo quiere que seamos conscientes…
Muchas personas, familias y grupos sociales han creado un esquema de valores y de moralidad y nos invitan a cuestionar nuestras acciones y decisiones de vida.
Algunos intentan hacerlo a través de la agresión… Si no hacemos lo que nos indican nos matan o nos maltratan.
Otros intentan hacerlo a través de la exclusión… Nos dicen que si no hacemos lo que ellos consideran correcto no podemos ser parte de su selecto grupo…
Otros intentan hacerlo a través de la culpa. Nos cuestionan tipo ¿No te das cuenta del daño que causas al medio ambiente o a la sociedad?
Pero la consciencia es misteriosa y si empiezo a obligarme a hacer las cosas que me dicen sólo por hacer “lo correcto” muy probablemente estoy creando un nuevo introyecto en mí… Se crea una nueva polaridad entre aquel personaje que se cree dueño de la verdad y su opuesto. El “bueno” y el “malo”. Empiezo con aquella vieja manera de moverme en este mundo, los juicios. Y empiezo a negar todas las alternativas intermedias que en el fondo pueden ser más amorosas conmigo y con mi entorno.

Y eso es lo que hecho la mayor parte de mi vida. Y eso es lo que he descubierto que en mi vida no funciona.
Es que los caminos de la consciencia son misteriosos. Y lo que nos han enseñado como consciencia en el fondo no lo es….y en mi opinión la consciencia tradicional se parece a la sumisión. Porque es aceptar los valores de otros como propios… Y en cambio a mí me han servido otras herramientas.
Una es la teoría paradójica del cambio, porque mis mayores cambios han surgido, no del esfuerzo por cambiar, sino de la aceptación incondicional de esos personajes que soy, así no me gusten.
Otra es la creencia que todo es prefecto tal como es. La aceptación del momento presente. Soltar la creencia de que algo de mí o del mundo debería ser diferente.
El observarme, particularmente des las situaciones que me ponen incómoda. Revisar que siento, cuáles son mis necesidades insatisfechas, cuáles son mis creencias que me impiden fluir o pensar que las cosas deben ser diferentes.
La otra, que ha sido trascendental es mi experiencia en Río Abierto. Los grupos de trabajo sobre sí y el movimiento vital expresivo me invitan a explorar amorosamente y desde el baile aquellos personajes que soy y encontrar nuevos. Nuevas maneras, más auténticas y menos enjuiciadoras, para moverme en este mundo.

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