Causas, efectos y las sentencias

Veo, aún en entornos supuestamente respetuosos, que se busca controlar el comportamiento de los niños con terrorismos varios. Disfrazan los terrorismos con un “informar sobre las consecuencias”. Y a veces ese, informar “sobre las consecuencias”, supuestamente respetuoso, se convierte para nosotros en el espectro autista en sentencias.
Me dicen alguna vez, “si no empiezas a trabajar mejor en equipo, no podrás ascender en la empresa”. Y me pongo a pensar ¿Qué es trabajo en equipo? Mis usuarios dicen que finalmente tienen a quien acudir cuando hay problemas. Mis proveedores indican que se les filtran muchos temas que antes les llegaban y no eran de su responsabilidad. Cuando mis compañeros de equipo necesitan ayuda la doy sin problema. ¿Trabajar en equipo será entonces almorzar con los demás y participar en las actividades competitivas de integración? ¿Responder las pruebas anuales psicotécnicas como si yo fuera extrovertida? No han sido capaces de explicarlo de manera concreta. Lo que sé es que en esta empresa, como es hoy, no podré ascender. Que me digan que algo pasa o deja de pasar, y que las causas son algo que está definido de manera no concreta o algo que no puedo controlar, se convierte para mí en una sentencia. Si, seguramente invento alguna justificación para mi ego tipo “al cabo que ni quería”, sin que eso cambie la sensación de sentencia. Y hoy puedo vivir con eso. Ya no creo que eso me haga una fracasada. Ya sé que eso no me define como ser humano y sé que tengo alternativas.

¿Y si esto le pasa a un niño?

Si a un niño miope que se le rompen los lentes o no sabe que es miope le dicen que puede perder el año si no copia lo que hay en el tablero con eficiencia, podría sentirse sentenciado, en su imaginario, a perder el año. Y podría perderlo si los maestros no entienden la causa de su ineficiencia.

Igual pasa si a un niño autista, o pasa peor. Por que en la literalidad en su interpretación propia de su neurología, si le dicen:
Si no cambias tu comportamiento
– Terminarás viviendo en la calle
– No podrás estudiar la profesión de tus sueños
– No pasarás el año
– Te tendrás que convertir en ermitaño
– No podrás tener una familia
se sentirá sentenciado a estos futuros. Esto porque muy probablemente este niño, a pesar de su esfuerzo, no puede simplemente cambiar su comportamiento a voluntad. Así son las crisis o meltdowns autistas. Un comportamiento explosivo que se dispara cuando la tensión emocional, o social, o la sobrecarga sensorial se vuelve físicamente intolerable. La voluntad de no tenerlas, o hacer más esfuerzo, no las acaba, al contrario, las potencia. Y con el miedo a ese terrible futuro, sólo aumentan la ansiedad, la frustración, la tristeza, el miedo. Aumentan la sobrecarga emocional lo que hace que la crisis empeore y se creen nuevas ansiedades. Se aumenta la sensación de no pertenecer a este mundo, la sensación de ser incompetente para funcionar en sociedad. Es probable que se internalice el capacitismo existente en la sociedad.

Mi opinión es que si se va informar sobre las consecuencias de algo, que sea algo concreto y no relacionado con lo emocional: si cruzas la calle sin mirar, si tocas la olla caliente. Y que las consecuencias sean naturales, no impuestas, verificables, con el objetivo de evitar un peligro presente real y no un tentativo futuro. Que no sean para controlar a partir del miedo.
Y entonces, si una de las principales recomendaciones para trabajar con alguien en el espectro autista es presumir competencia, ¿no es esto lo contrario? Presumir competencia es saber que cada persona puede dar lo mejor de sí cuando se satisfacen sus necesidades y se le dan los medios para desarrollarse integralmente. ¿Informar estas consecuencias satisface necesidades?
¿Qué necesidades tenemos en el espectro autista? Que se pongan en nuestros zapatos. Que no nos acusen de no esforzarnos lo suficiente. Que se nos respete que tenemos sensibilidades sensoriales y emocionales particulares. Que muchas veces necesitamos un mundo un poco más estructurado y predecible, lo que incluye que no nos mientan o manipulen, particularmente quienes nos aman y en quienes confiamos.
¿Es prudente dar este ambiente “protegido” a un niño si en “el mundo real no lo va a tener”? ¿No sería mejor que se esfuerce un poco más?
Mejor cambio la pregunta. ¿Si tu hijo estuviera en silla de ruedas, dejarías de poner rampas en tu casa y exigirlas en la escuela porque en el “mundo real” no las hay?

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Imagen de: http://www.leverageinc.org/ATWebinar/AT&DisID/SHOW/SHOW/html/images/slides/slide15full.jpg

La Tiranía del Intelecto

Vivimos en la era de la información. De cada tema que nos interese podemos tener información en la punta de los dedos. Me gusta tener información, me divierte ser experta informal en algunos temas. También pido estudios científicos, pido evidencia racional, a quien me quiere convencer de temas que no me son lógicos o cuando percibo que se intenta manipular mi opinión o la de otros sin evidencia real.
Hoy la información es más pública y creo que se puede decir que ya no es tan cierto que quien tiene la información tiene el poder. Quizás quien puede discernir entre la información aquella que le es realmente útil tenga alguna ventaja, no el que haya estudiado.
Ya el maestro, el profesional, incluso quien dice ser experto, no es quien tiene la verdad, y el concepto de “verdad” también es hoy bastante difuso.
Y me doy cuenta que soy percibida arrogante por no aceptar como verdad la información que me ofrecen quienes supuestamente saben más, quienes tienen más títulos, quienes son más intelectuales.
Y no, ya no caigo en la tiranía del intelecto. Quien tiene información ya no tiene poder sobre mí. Ya nadie va a decirme la mejor forma de vivir mi vida. Difícilmente un experto me va a convencer que sabe más sobre mí o sobre mis hijos que yo. Difícilmente voy a aceptar terapias que pasan por encima de la dignidad de un niño o que incluyen retirada de amor con la vieja y trasnochada excusa de que es por su propio bien. Difícilmente voy a aceptar teorías basadas en criterios que moralmente no comparto.
Y empiezo a rescatar otras sabidurías. La sabiduría de mi cuerpo que me da señales muy concretas, muy definidas, frío-calor, tensión-relajación, sensibilidad-dolor-insensibilidad. La sabiduría de mis emociones, felicidad, miedo, tristeza, rabia, ternura, compasión. Como tantos autistas soy hiperempática, me pongo más que la mayoría en el lugar de otros. Por eso no soporto ver películas muy violentas, sobre desastres naturales, o las comedias basadas en la ridiculización de una persona o grupo. Siento el dolor y la angustia de los protagonistas. Mi neurología, en este caso, me da información que no es perceptible para la mayoría, aunque no pueda prever qué espera el otro que haga con esa información y lo que hago no le cambie su emoción que es lo que quizás ellos esperan.
Y está la intuición. Aquella que considero son sensaciones causadas por esa energía qué decido llamar Dios. Y, que cuando estoy muy presente en mi cuerpo, puedo percibir con mayor facilidad.
Y me invitan a volver a ser hiperracional. A llenarme de teorías. A volver al mundo subjetivo de las interpretaciones. A volver a las ideas. Y a veces peor, ideas que  contienen un sesgo o hasta un claro origen kiriárquico. Y digo NO.

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Imagen tomada de: https://nrgallowaymiller24.wordpress.com/tag/brain-chaos/