El “Mal Comportamiento”

Como dije en otras entradas, es difícil en nuestra sociedad atender necesidades. Esto porque no tenemos clara la diferencia entre necesitar y querer. También porque nos han criado con el imaginario que las personas por naturaleza te van a tratar de sacar partido, que desde bebés manipulamos. Y yo creo que si manipulamos y sacamos partido, es porque desde bebés nos tienen acostumbrados a que nuestras necesidades no son satisfechas tenemos que idearnos mecanismos para lograr que nuestras necesidades sean satisfechas. Lo hacemos muchas veces traicionándonos a nosotros mismos. Estos mecanismos incluyen el convertirnos en el hijo de las expectativas de los padres o el ser el niño que con “mal comportamiento” busca desesperadamente atención. Porque el ser visto, reconocido y apreciado por quienes somos SON necesidades básicas. Estos “personajes” los creamos para sobrevivir. Y los comportamientos de estos personajes son los que encontramos a falta de mejores.
A veces también nuestra configuración neuronal no nos facilita las cosas, y es muy rápido para nuestro cerebro acceder a la amígdala antes que nuestra corteza prefrontal filtre nuestro comportamiento. Cuando el mundo es intenso todo es confuso, hay demasiadas señales. Cuando conscientemente debemos elegir cuáles ignoramos y cuáles escuchamos el mundo se vuelve agotador. Se nos acaban las cucharas.
Estoy ahí, tantas veces, que puedo entender que a otros les pase, puedo tener un poco más empatía que la mayoría a las crisis autistas de mi hijo. Empatía que la gran mayoría de neurotípicos no logran tener y me acusan, si no de permisiva, de justificar el “mal comportamiento”.
Pero no me sigo por las teorías de “la mayoría” ni de lo popularmente aceptado como “lo mejor”. Los estudios y terapias pueden evaluar qué sirve o no para cambiar comportamiento. Pero para mí el comportamiento es una forma, a veces desesperada, de comunicación. Así como nuestro cuerpo usa el dolor para avisarnos que algo no está bien, el mal comportamiento es un aviso de necesidades básicas, no siempre físicas, que están siendo desatendidas. Avisa que las estrategias aprendidas no han sido suficientes para dar respuestas asertivas a las necesidades. Si hacemos analogía con un automóvil, ¿qué es lo lógico cuando está por acabarse la gasolina?, ¿dañar la señal de alerta o poner gasolina? Y si es algo más grave? ¿Dañar la alerta o llevar al taller? ¿Llevar al taller para que silencien la alerta? ¿Por que se insiste en reprimir la alerta? Al parecer se cree que lo que está mal es la alerta. Y yo creo que no. Tenemos un automóvil que se recalienta con facilidad, se le acaba pronto la gasolina. ¿Eso significa que el automóvil está dañado? ¿No es lógico que un automóvil que tenga otras funcionalidades y el mismo motor tenga un gasto adicional de recursos y una sobrecarga en su motor?
¿Es entonces lo mismo, justificar un mal comportamiento que sentir empatía por un evidente malestar? ¿Es en cambio más útil hacer sentir (más) mal al que está en crisis para que no lo vuelva a hacer? ¿Es necesario frustrar a quien ya está frustrado para que deje de expresar su frustración?
Desde el las respuestas promovidas frente al “mal comportamiento”, incluso por muchos profesionales, entiendo muy bien que muchas personas en el espectro autista nos refugiemos en nosotros mismos. Es muy difícil en esta sociedad expresar asertivamente nuestras necesidades, nuestros límites, incluso nuestro gozo si nuestras actitudes son distintas a las del resto. Esta sociedad busca cortar con aquello que es diferente. Y se juzga, muy rápidamente y de manera implacable, a quien tiene más necesidades, u otras, que el resto y peor si las expresa con mucha energía y de manera socialmente inaceptable.

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Indignación, Resentimiento y Lucha

Las redes sociales están llenas de indignados. Personas molestas por el comportamiento de otros. Yo en estos días estoy, por ejemplo, indignada con tanta indignación. 😜
Se quejan, hacen boicott virtual, matonean en masa a quien piensa diferente, al que se equivoca, o al que hace algo políticamente incorrecto. Se sufre. Se juzga quien es víctima y quien villano. Se acaban amistades, se crean resentimientos, hay desencuentro por aquello que dijiste o dejaste de decir y se interpreta de tal o cual manera.

Los humanos tenemos miedo.

Vivimos a la defensiva. Creemos que es la intención del otro es dañarnos o menospreciarnos. Creemos que es responsabilidad del otro cuidarnos de nuestro dolor, evitárnoslo. Creemos que con nuestra indignación educamos al otro. Creemos que es nuestro deber indignarnos para salvar a los débiles. Y si, en muchos casos la indignación que se deriva en acciones concretas ha logrado que se cambien mundialmente situaciones de injusticia. Pero hoy creo que son más las indignaciones de redes sociales, que se quedan en la crítica o el insulto. Se quedan en la mente, en el lenguaje, en el teclado y no se vuelven acciones asertivas. Estas indignaciones se dan porque es más fácil buscar culpables fuera que mirar dentro. Es más fácil resentirnos que mirar de frente nuestra emoción incómoda y ver qué necesidad insatisfecha nos evidencia. Es más sencillo insultar que darnos cuenta que somos adultos con la capacidad de actuar para cambiar lo que nos molesta.

Es más fácil culpar al otro.

La indignación se me parece a la rabia y la rabia, dice Maria Adela Palcos, es fuerza con impotencia. Si nos quedamos en la indignación virtual es en realidad poca la fuerza que usamos y mucha la impotencia que queda. Acá nuestro cuerpo puede ser un gran aliado. Y creo que por eso son útiles las artes marciales para algunas personas. No tanto por “la filosofía de respeto”, sino que son un medio de expresión de la fuerza de manera consensuada y con consentimiento.
No creo que el avance en el mundo se trate de hacer ver que estamos en lo correcto y ellos no. Por eso me gusta esta frase que ronda en redes sociales:

“No te enojes. A veces el otro no te entiende. Lo explicaste mil veces, pero no lo ve. No es tonto. No es malo. No es indiferente. Es otro.”

Porque se resume en el quizás uno de los pocos conceptos que me gustan de Don Miguel Ruíz (la mayoría de sus palabras son muy “positivistas” para mi gusto). “No te tomes nada personalmente.”

El otro tiene su vida, su historia, sus problemas, sus resentimientos, sus creencias. A veces tiene demasiado dolor para cargar con el tuyo. A veces tiene tanto dolor que cree que si fueras su amigo podrías cargarlo, incluso que es tu obligación cargarlo.

No es malo, es otro.

No te quiere hacer daño. No puede con el propio dolor.

Aún si fuera deliberado, sus palabras no hablan de ti, hablan del él. A lo sumo podemos aclarar nuestra verdad. A lo sumo podemos poner límites. A lo sumo podemos aclarar si esas fueron o no nuestras intenciones. Demasiado sufrimos por interpretaciones que pueden no ser reales.

No hacemos mucho manteniéndonos en la lucha… Alimentándola.

Cuando nos oponemos a algo es como jugar a jalar la cuerda. La lucha sigue mientras haya quien jale. Irremediablemente se entra en la dinámica de ganar y perder. Muchas veces todos los participantes nos hacemos daño. Todos perdemos algo.

Ojalá pudiéramos ver que mucho de lo que nos molesta del otro es un reflejo de partes nuestras que hemos relegado a la sombra. Ver qué de nosotros mismos esconde la indignación o el resentimiento.

Y si, cuando la lucha nos causa dolor, ¿cambiamos el juego y soltamos la cuerda? ¿Y si en lugar de ganarte te escucho? ¿Y si en lugar de criticarte te veo?
Quizás si reconozco tu humanidad y tu “otredad” podemos encontrarnos.

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Ser Espiritual

Creo que la definición de espiritualidad no es única. Parece haber más de una definición de este concepto abstracto.
Ayer me dijeron que yo no era muy espiritual y se me hizo curioso, ya que yo sí me considero espiritual.
Soy agnóstica. Si. Eso para mí significa que no creo en un Dios creador, ni juzgador, ni que da y quita, ni está pendiente de lo que hacemos o lo que dejamos de hacer. En particular no creo en el pecado y lo considero un concepto perverso. No creo en el cielo ni en el infierno como consecuencia de nuestras acciones en esta experiencia humana. No estoy con Dios en una relación de jerarquía. No creo que le creencia en Dios haga, en general, a las personas más éticas o morales. También significa, para mí, que si la definición que tengo de Dios no es correcta, igual habré vivido mi vida de la manera más coherente, moral y ética dentro de mis posibilidades.
Y también soy panteísta, aunque pueda parecer lo contrario de ser agnóstica. Esto para mí significa que considero la energía universal, esa muchas veces físicamente perceptible para mí, Dios. Yo soy Dios, tú eres Dios, nosotros somos Dioses. O, al menos, fragmentos de Dios. Hay energía divina en toda la naturaleza  ¿Creo en Jesús? No sé. Es un personaje manoseado por la historia y las religiones. Si existió, creo que era una persona en mayor conexión con su divinidad que la mayoría de nosotros. Y está entre nuestras capacidades tener ese mismo nivel de consciencia y conexión con la energía divina.
Y yo busco estar en contacto con la divinidad que soy. Buscando lo auténtico en mí. Reconociendo que cuando algo me molesta, en mí o en otros, hay una alta probabilidad que yo necesite aprender algo al respecto. No porque un Dios ajeno a mí me imponga ese aprendizaje, sino porque me permite ver partes de mi negadas que, si empiezo a explorar desde la libertad de elegirlas, me pueden hacer una persona más completa, con más recursos, con menos miedos. Es una elección, no una imposición divina. Una amiga me dice que “me doy muy duro” cuando algo que hace un otro me molesta y lo reviso en mí. Yo no creo que sea darme duro, es intentar ver lo que en el día a día no es evidente y me puede dar recursos para vivir de manera más integrada.

Tuve etapas en mi vida:
Fui también espiritual religiosa cristiana.
Fui también espiritual desde filosofías positivistas de la nueva era en las que debemos esforzarnos por ser sólo paz y amor.
Esas espiritualidades no me hicieron mejor ser humano. Incluso me hicieron daño. Y desde ellas era muy juzgadora de quienes me rodean Quizás simplemente no tuve los “maestros” adecuados para conocer su dimensión real. Hoy no las logro integrar en mí, las siento ajenas.

Hoy ser espiritual incluye explorar mis luces y sombras. No para acabar con las sombras. No para lograr aquel concepto abstracto de la iluminación. Tampoco la santidad.
Hoy para mí la espiritualidad consiste en reconocerme completa y llena de posibilidades. Y eso no se logra desde el esfuerzo de ser quien no soy. Lo trabajo desde la disciplina de auto-observarme y aceptar lo que hay, lo que soy en ese instante, lo que siento, las emociones, las sensaciones corporales, mis pensamientos. Intento que sea sin juicios.
Habrá quien me vea y me juzgue. Como si antes fuera mejor persona. Como si me hubiera rendido. Como si la pereza me impidiera el esfuerzo por mejorar. Y mi espiritualidad requiere en cambio valor. Valor de mirar “los monstruos” que llevo dentro. Valor de hacerme responsable de mis emociones, pensamientos y acciones en lugar de buscar culpables afuera. Valor de entregarle al otro lo que es suyo y no cargar con la responsabilidad de sus emociones (incluyendo sus miedos). Valor de poner límites. Valor de expresar mis necesidades. Valor de ver a quien no piensa como yo como ser humano y aún así defender mi visión. Esto último, defender mi visión sin juzgar duramente al otro, me cuesta mucho, en especial con quienes son más cercanos.
Mi espiritualidad implica reconocerme en Dios. Si Dios fuera el cuerpo humano, quizás nosotros seríamos sólo una célula. Intento ser una célula que promueve el equilibrio el organismo. Un grupo de células que promueven el crecimiento por el crecimiento probablemente se conviertan en un cáncer, causando desequilibrio al sistema. En contraposición con la jerarquía, mi relación con Dios es de holarquía.

Y esa es mi espiritualidad. Son conceptos en desarrollo. Es un proceso en construcción. Quizás en 10 años sea otra, quizás atea, quizás mística. Quizás siga siendo un extraño punto intermedio en esa polaridad. El tiempo y mi desarrollo espiritual lo dirán.

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