Estar un tiempo en sus zapatos

Una característica que hay en mí es sentir, sentir de los sentidos aunque desde lo emocional también, los estímulos de manera más intensa que la mayoría de personas. Si quisiera seguirle el cuento a la moda de hacer de las diferencias una patología podría decirse que tengo un trastorno de integración sensorial.

No sé si esta semana estuve más sensible de lo habitual o que mi entorno estuvo más intenso.

El lunes me levanté con un retorcijón estomacal, normalmente no doy importancia a esos pequeños dolores, porque en mi familia las mujeres tenemos un umbral del dolor muy alto (nótese el énfasis en la confluencia), pero esta vez empecé a sudar frío y casi se me van las luces. Me costó mucho recordar ese “pequeño” dolor y asociarlo con el episodio.

El resto de la semana estuvo dentro de lo normal. Soportando las habituales incomodidades que serían imperceptibles para otros: La picazón por los elásticos y las telas de la ropa, especialmente la ropa interior, el someterme a los sonidos, olores y temperaturas del Transmilenio en el hacinamiento de horas pico, la bulla de los manifestantes a pocas cuadras de mi oficina, los aromas de los almuerzos en la sala junto a mi puesto de trabajo. Hubo una pequeña situación de estrés, tuve que mostrar mi molestia a un usuario por su falta de colaboración, la cual somaticé de la manera habitual, con manchas rojas y picazón en el área del cuello. El viernes aumentaron los estímulos un poco. La sala de comunicaciones a mis espaldas tuvo un problema en su sensor de entrada y un agudo timbre sonó con cierta regularidad. También unos raperos hicieron un concierto en el parque frente a mi oficina y sus sonidos llegaban distorsionados 36 pisos más arriba o venían distorsionados desde su origen. No veía la hora de escapar. Afortunadamente tenía sesión de terapia grupal de movimiento vital expresivo y, no solo pude escapar un poco más temprano del exceso de estímulos que estaba por enloquecerme, sino que pude soltar “lo que sobra” y disfrutar un hermoso cierre de grupo de trabajo.

El sábado, no supe dar la importancia a mi necesidad de comer en horario normal, y no hice nada por evitar almorzar a las 5pm. Esa fue la gota que derramó el vaso y mi cuerpo pidió aislamiento total de los estímulos. Como no le di el aislamiento “por las buenas” me dio una muy intensa migraña. Y es que no logro dar la importancia que tiene para mí la atención de esas necesidades “particulares” que no todos los humanos tienen o parecen no tener. Al escribirlo noto que tengo varios mandatos sobre el tema:  No “debo” ser quisquillosa y quejarme del Transmilenio o de la bulla del entorno o el retraso del almuerzo. Debo ser fuerte para soportar eso que parecen ser «pequeñeces» para el resto del mundo. Lo correcto es callar y soportar, porque soy una persona “civilizada” y, al aceptar trabajar en una empresa en el centro de la ciudad, o para compartir la hora del almuerzo con otras personas con otras necesidades, es uno de los precios que tengo que pagar. ¿Son estos mandatos unas versiones alternativas de uno de mis principales mandatos, el de no incomodar a los demás? Justo el viernes me di cuenta que merezco ocupar espacio en el mundo. Creo que ese no incomodar es una manera de empequeñecerme, de no ocupar espacio, de ser niña. Tengo una enorme necesidad interna de ser vista y un mandato enorme como una montaña de que lo correcto es ser discreta, pasar desapercibida, no incomodar, ser invisible, no ocupar espacio.

Y veo que mi hijo “por cualquier cosa” hace un tremendo “berrinche”. Él ocupa espacio, se hace notar, no parece importarle que otros nos incomodemos con su malestar. No tiene claro qué lo incomoda aunque expresa bien que está molesto. Sé que él tiene sus dificultades sensoriales también. Y no sé qué tanto estará soportando antes de “explotar”. Él puede estar viviendo acumuladas en un solo día las dificultades sensoriales que yo viví en una semana.

Hoy logro ver que puede ser lo mismo, su dificultad y la mía. lo que cambia es nuestra respuesta. El explota y yo somatizo, espero a que el cuerpo me obligue a atenderlo. Creo que su respuesta, por más que nos incomode a quienes compartimos con él, es más sana que la mía. Ha sido revelador para mí entender que puedo experimentar un poco lo que es estar en sus zapatos.

 
image

¿Como es abajo es arriba?

Si soy sincera, mi anterior entrada puede no tener muchas bases además de mi intuición.
Ya alguien trató de convencerme de conceptos como «el juicio final» con la frase «como es arriba es abajo y como es abajo es arriba» y si aquí abajo construimos nuestra sociedad basados en leyes, y si no cumplimos esas leyes recibimos castigo, así debe ser arriba ¿No?
En su momento me pareció una muy pobre prueba de la existencia de «Dios padre» y del «juicio final» al final de nuestros días.
Y no me es posible compartir esa imagen de divinidad. Y, como para mí no es algo que  pueda intuir, no puedo creer en ello. Creo que esa visión de Dios es aprendida. Creo que es una visión creada de acuerdo a la cultura. Y llevamos siglos de cultura occidental y por eso para la mayoría es algo que se da por cierto. Creo que el «Dios padre» es un concepto creado en épocas de monarquías. Y en esa época un rey arbitrariamente podía juzgar a sus súbditos y dar el castigo «que merecían». Creo que socialmente hemos avanzado algo y tenemos democracias, sistemas judiciales, organismos de control que no permitan las arbitrariedades de un rey, y sinembargo se sigue creyendo en un castigo de Dios por las «malas acciones» al final de nuestra vida. Se cree que sin estas leyes y el miedo al castigo las personas harían «lo que quisieran» y el mundo sería uno en el que predomine la ley del más fuerte. Curiosamente existen sociedades, sin este Dios, sin estas leyes en las que pasa todo lo contrario, se vive en armonía. Hay libros con estudios que parecen indicar que nuestro cerebro evolucionó para trabajar con otro tipo de moralidad. (Aún no leo el libro de Patricia S. Churchland, espero hacerlo pronto). Mi moralidad está más cerca de la moralidad de muchos ateos. Creo que tienen una moral más intrínseca, desinteresada, “de corazón”.
En mi propia experiencia, no hago mi mejor esfuerzo cuando me amenazan con un castigo, ni cuando me chantajean con un premio. Y suelo perder mucho el tiempo cuando me exigen renunciar a mis cosas para que «el equipo» cumpla con parámetros externos. Sé de primera mano que los niños que no temen el castigo de sus padres, suelen tener menos necesidad de rebelarse. No funciono bien en esquemas autoritarios, y eso me impide creer en un dios autoritario. Al parecer los humanos no funcionamos bien en estos esquemas de premios y castigos, según la charla Ted de Dan Pink, una de mis favoritas.
¿Y entonces?
Por más que tenga motivos para refutar el argumento de “como es arriba es abajo” de otros, no, no puedo afirmar como mejor o más sutentado “mi” como es abajo es arriba. Y, por más que defienda mis ideas, evito decir que sean LA VERDAD, porque a lo sumo es MI VERDAD. A lo sumo es mi verdad de HOY. Solo una de las infinitas verdades del universo.
A esa verdad, a la que hoy dicta mi corazón (y mis entrañas, y mi mente), a esa, le soy fiel hoy.

image

Soy todo y parte de otro todo

Sigo creyendo que como es arriba es abajo.

Lo creo, porque no creo que sean casualidad las similitudes físicas entre lo micro y lo macro, por ejemplo entre átomos y los sistemas planetarios, o entre células y organismos. Los conceptos de holismo y holarquía descritos por Ken Wilber al principio de Breve historia de todas las cosas, hoy tienen bastante sentido para mí. Me encantan los fractales.
 
Dice Wikipedia que un holón es algo que es a la vez un todo y una parte.

Viendo la relación conmigo misma como el holón “pequeño” y la sociedad un holón más grande del que hace parte el holón pequeño, creo que lo que me pasa a mí me pasa internamente es un reflejo de lo que pasa en nuestra sociedad.

Y es esta razón por la que insisto en creer en algunas ideas poco compartidas culturalmente. Creo que luchar contra un sistema genera resistencia y oposición en el sistema sin lograr una integración, una evolución del sistema. Posiblemente se tenga la apariencia que el sistema contra el cual se lucha se debilita, aunque este debilitamiento termine generando a largo plazo una respuesta violenta o agresiva. Otra idea es, que aquello a lo que nos oponemos es un espejo de nosotros mismos. Al fin y al cabo no estamos separados del todo más grande, somos uno, y al luchar, luchamos contra nosotros mismos. Creo que es como si el cerebro luchara contra el corazón por no pensar, algo que en el fondo nos hace daño a todos.

Y bueno, al dejar de luchar contra aspectos propios, he recibido grandes regalos.

Algunas características mías me han sido molestas o incapacitantes. Toda la vida he luchado contra ellas. Toda la vida he tratado de superar esos “defectos”.  Toda la vida he intentado infructuosamente de aniquilarlos, o al menos, de esconderlos. Estas características siempre terminaban expresándose de una manera u otra, fuera de mi control.

En cambio, una vez las reconocí como una parte mía, una vez las empecé a verlas con cariño, una vez empecé a amarlas, una vez empecé a mostrarlas sin vergüenza, empecé a poder elegirlas o no. Porque dejó de ser una guerra de poderes, porque dejó de ser una guerra y empezó a ser un diálogo fraterno entre dos partes de mí. Y, sí, aún algunas de características me molestan, me incapacitan. Por ejemplo enfrentarme a un público sigue siento muy, muy difícil. Y mientras lo escribo me doy cuenta que la situación la sigo viendo como un “enfrentamiento”, una guerra  😉 .

También están las características que niego en mí y veo en los otros. Mis espejos. Siempre negué ser superficial. Siempre oculté ser arrogante. No quería mostrar mis miedos. Luchaba contra los esquemas autoritarios que veía afuera. Algunas personas, como muros, me impedían seguir mi camino, evolucionar. Me sentía cargada con responsabilidades y dolores ajenos.

Una vez los reconocí como partes mías, partes extremadamente útiles, se convirtieron en mis hermosos regalos. En la superficialidad encontré conexión con los demás y con mi entorno. En la arrogancia encontré el valor para mostrarme al mundo. En el autoritarismo logré ver el miedo infantil que se puede esconder detrás de la fuerza bruta. En los muros que me impedían avanzar vi que era yo quien me apoyaba en ellos y que tenía elección de soltarlos. Me liberé de pesadas cargas simplemente dejándome caer. 

Como sociedad tenemos infinitas luchas, luchamos contra la injusticia, luchamos contra la pobreza, luchamos contra enfermedades, luchamos contra la violencia. Luchamos contra la izquierda, luchamos contra la derecha, luchamos contra los de arriba y luchamos contra los de abajo.  Luchamos, luchamos, luchamos. Nos oponemos, no fluimos.

Y me pregunto, si como sociedad lográramos ver con cariño aquello contra lo que luchamos, si como sociedad  viéramos la utilidad y el beneficio de esa otra parte. ¿Sería más fácil cambiarlo? ¿El cambio sería más auténtico? ¿Como llegar al dialogo fraterno entre dos partes de la sociedad?

Como holón que hace parte de esta sociedad, tengo la esperanza de que lo que pasa en mí se refleje en la sociedad. No me imagino hoy otra manera de poner mi granito de arena. Debe haber más, seguro. Y hoy nos muestran como única alternativa aniquilar al otro, o quitarle todo el poder, o reprimir su expresión. Y no, no creo que sirva, no creo que ayude. Creo que es la causa por la que en mi país hay guerrilla, porque las expresiones de inconformidad con lo establecido han sido históricamente reprimidas.

Seguro hay más maneras de cambiar el funcionamiento histórico de la política. Seguro que debe haber más maneras que considerarnos víctimas de villanos y solo tenemos las opciones de la sumisión y la rebeldía. Espero pronto empiecen a haber más políticos que sean más conscientes, que trasciendan estas dos opciones tradicionales.

Mientras tanto voy a mirar en mí, con cariño, aquello que me molesta de afuera. Y seguiré compartiendo, con quien le interese, mis observaciones. Creo que para mí, hoy, es la manera de empezar a crear otro tipo de sociedad.

image

Superficialidad y Empoderamiento

Me declaro culpable.

 

He visto por mucho tiempo la superficialidad como algo a evitar. Y es que la superficialidad en mi mente se mezcla con el consumismo e incluso con la sumisión, cuando no necesariamente van juntas. Y aunque estas últimas tampoco tengan nada esencialmente malo, simplemente hoy no me gustan, o aún no las exploro en mí.

Evitando la superficialidad y de manera solapada he alejado a mi hija de las Barbies y a mi hijo del fútbol.

Evitando la superficialidad he juzgado duramente las charlas intrascendentes y el color rosa.

Evitando la superficialidad no me miré al espejo por años.

Evitando la superficialidad me privé de admirar la estética de las cosas.

Evitando la superficialidad me alejé del gozo.

 

Era de aquellas que pensaba que más importante el fondo que la forma…

 

Y el día que me permití ver y explorar la superficialidad en mí, vi que la superficialidad me conecta con otros. No en vano mi piel es la superficie del cuerpo físico que habito. La piel es aquello que me conecta directamente al mundo exterior, me permite sentir, me permite gozar de mi cuerpo. Mi piel e permite sentir el calor del sol y la caricia del viento. Amo la superficie de mi piel. Amo mi ser superficial.

 

Y me descubro hoy defendiendo una superficialidad, que estaba siendo juzgada por otros. Entro a leer un escrito donde dicen que ciertas actitudes feministas son más importantes, más empoderadoras que otras. Unas son superficiales (acepto que es mi interpretación) y las otras son “reales”. No entiendo por qué hay que restar valor a la manera en que una mujer se siente empoderada versus las otras.

Y es que hoy no me siento necesariamente empoderada cuando me enseñan herramientas para construir un futuro. En cambio me siento empoderada cuando me permito reconocerme hoy, en el presente, en este instante. Me siento empoderada cuando me permito reconocer mis necesidades, mis deseos, lo que me causa daño o lo que me proporciona placer. Me siento empoderada cuando me permito estar triste o rabiosa, sí es la emoción que hay. No me siento empoderada cuando niego la emoción o trato de cambiarla por otra más «positiva». Me siento empoderada cuando a partir de lo que reconozco en mí, me permito actuar de una manera o de otra. No es menos empoderante elegir cuidar hoy de mi jardín, atendiendo mi necesidad de sentir la tierra, que atender el pendiente explorar una oportunidad de negocios. Por poner un ejemplo.

 

Pero eso no es lo culturalmente aceptado. Lo culturalmente aceptado es que el verdadero poder está en el movimiento, en la lucha, en la fuerza. “Soy poderoso cuando venzo mis debilidades, cuando construyo mi carácter, cuando aniquilo mis defectos, cuando no muestro mis aspectos vulnerables”.  «Soy poderosa cuando hago más, cuando me esfuerzo por acercarme a la perfección, cuando cumplo las metas que me he propuesto, cuando me esfuerzo por ser cada día mejor, o más generadora de riqueza, o más disciplinada, o más _______.»
No pareceque se pueda ser empoderado desde la superficialidad, desde la delicadeza, desde la vulnerabilidad. No consideramos frecuentemente la alternativa de que se pueda estar empoderado simplemente desde el SER.

Y me permito elegir ser poderosa desde la superficialidad, ser poderosa desde la delicadeza, ser poderosa desde la vulnerabilidad. También puedo elegir serlo desde la fuerza, desde la ambición, desde la actividad. Para mí, hoy, no hay empoderamientos mejores que otros. Y nadie tiene derecho a juzgarme como desempoderada porque mi manera de expresar mi poder sea distinta.

image