Mi derecho a mi tristeza y a mis lágrimas…

Qué difícil es trascender las creencias sociales sobre las emociones que no son agradables.
Mi abuelito se murió hace unos días… Y aún me siento triste… De alguna manera tengo la creencia que ya debería dejar de estar triste, que ya debería dejar de llorarlo…
La tristeza es una emoción desvalorizada. Y hay la creencia que hay que salir de ella rápido, que no hay que dejar que se instale. Existe el miedo de que la tristeza se transforme en depresión si se lo permitimos.
Y con esas creencias he dejado sin cerrar, sin llorar, tantos duelos… Es tan normal que al terminar las relaciones nos digan “no llores, que él no merece tus lágrimas”. O “no llores, guarda esas lágrimas para alguien que valga la pena”, “guarda esas lágrimas para cuando yo me muera”… Como si lloraramos por y para otros… Como si cualquier otro tuviera poder sobre mí si me siento triste o si lloro el desencuentro o la partida… Como si llorara para que el otro sea feliz… Y ese feliz me haga sentir mejor… En mi caso es lo contrario, llorar me permite sentirme mejor más pronto.
Y me doy cuenta que sentirme triste es, a veces mi necesidad, y que las lágrimas no son por y para otro, sino para mí. Tengo derecho a mis tristezas y a mis lágrimas, las necesito… Quiero llorar a mi abuelito… Y, si lo lloro, lo hago para mí. Merezco dejarme sentir esta tristeza, dejar salir estas lágrimas… Es mi manera de sentirme lista para pasar a otra etapa de mi vida, a otra emoción… Porque la tristeza no es una emoción mala… Es simplemente la emoción que siento hoy. Y cada día la voy alternando con otras emociones… Ya llegará el momento en que esté más feliz que triste…. Mientras tanto me permito sentir tristeza porque es la emoción que hay.

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¡Soy una DIOSA!

Soy una Diosa.
Soy una Diosa.
SOY UNA DIOSA.

Y me cuesta ejercer mi divinidad.

No, no digo que soy una diosa en sentido figurado. De verdad creo que soy una diosa… Y que todos somos dioses… No creo que estemos separados de la energía divina.. Dios y vida es lo mismo para mi… Mi polaridad religiosa es panteismo-agnosticismo y la creo bastante integrada. Otra historia es incluir a la religión en el asunto. 😉
Y me cuesta ejercer mi divinidad.
Reconozco desde hace tiempo mi divinidad a nivel racional. Sentirme diosa es otra historia. Sentirme parte del todo no me es fácil.
Entregarme a la vida.  Permitirme ser vulnerable. Confiar. Esto me cuesta. Y es parte de reconocer mi divinidad.

Soy diosa frente al espejo, donde he aprendido a querer mi cuerpo y verlo siempre hermoso tal como es.
Soy diosa en mi desnudez corporal, que me atreví a mostrar en un lugar del hiperespacio en protesta por los artículos de como tener cuerpos perfectos durante un verano boreal.
Soy diosa con mis amigas cercanas. Y cuando una de ellas me dijo que en mi espiritualidad “estoy por encima del bien y del mal y con los pies en la tierra” me sentí diosa total… Me sentí encarnando mi definición de dios.
Soy diosa cuando en mi trabajo doy lo mejor de mi y esto afecta positivamente el trabajo de otros…
Soy diosa cuando me entrego al baile, cuando mi cuerpo se mueve en armonía con mi corazón sin que la razón intervenga mucho.

Y llega un momento en que creo ser observada y me hago pequeña. Dejo de fluir. Me vuelvo de piedra. Si estoy hablando o cantando mi garganta se cierra y siento mil agujas en ella. O un nudo. O ganas de llorar.

Me cuesta levantar la voz y dar a conocer mis ideas cuando mis interlocutores que piensan distinto son mayoría.

Aún tengo miedo a ser juzgada.

Y es que tengo miedo a ser grande, a sobresalir… Mi mente juzga la grandeza como arrogancia. Aún lo hago a pesar de haber hecho grandes avances en ese tema. Recuerdo juicios a mi grandeza de niña y adolescente. Y no logro soltarlos del todo.

Frente a la mirada de un otro, me cuesta tantas veces reconocer mi divinidad.

Y decir que soy diosa aquí y ahora y, no solo decirlo, sino sentirlo y expresarlo con mi cuerpo y con mi arte, es un enorme paso para mi. Y siento un agradecimiento profundo con aquellas personas que me han acompañado en mi camino y baile divino.

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